Profesora de baile Marichú

Hace muchos, muchos años, una joven granadina me invitó a verla bailar flamenco. Yo nunca me había detenido en ese género porque andaba ocupado con los Pink Floyd y el rock progresivo de los años 70. De pie, al final del auditorio, escuché cómo presentaban a una tal `Marichú’. No llevaría ni un minuto en escena cuando me enamoré del baile flamenco y de ella. No recuerdo qué palo bailó porque no sabía distinguir unos tangos de una soleá, pero aquello me enganchó. Lo que fuera, Marichú, lo bailó con un sentimiento y una elegancia como jamás he vuelto a ver. Las manos parecían palomas revoloteando en la oscuridad del escenario y el ceño fruncido era puro sentimiento, en una joven elegante y de belleza angelical. Aquella música tenía algo especial; quizás porque se había forjado durante siglos de sufrimientos, penas y alegrías. Ella interpretaba todo eso como si lo hubiera vivido. Sus giros, sus taconeos, sus manos, la expresión de su cara, todo me pareció sublime.

Acabada la función la esperé en la salida y la acompañé a su casa. Me presté a cargar su vestido cuidadosamente envuelto en su funda, disimulando el esfuerzo de tan pesada carga, fuimos hasta su destino, hablando de flamenco. Me contó que había bailado en televisión española con el ballet de María Luisa Romero, que tuvo tanto éxito que le propusieron que se quedara en Madrid para bailar y grabar una película. Me contó que su padre, después de sopesar la oferta se negó y que, llorando, le explicó lo que en aquellos años suponía el mundo del baile para una joven. Sabía que estaba truncando la carrera artística de una gran promesa, pero su amor de padre lo llevaba a tomar la dolorosa decisión.

Fue así, frustradas sus expectativas, como decidió dedicarse a la enseñanza de lo que había aprendido y de lo que llevaba dentro. No dejó nunca de formarse para dar a sus alumnos lo mejor de este arte. Granada perdió una bailaora pero ganó una gran maestra.

Empezamos a salir juntos, formalizamos nuestra relación y me llevaba con frecuencia a la Peña La Platería para escuchar ‘cante del bueno’. Por aquel entonces, yo tenía una guitarra eléctrica y todo lo tocaba con la escala pentatónica menor y con una púa hecha a mano. Cuándo vi y escuché la música que hacían los guitarristas flamencos, me sentí tan torpe que dejé de tocar, hasta prometerme que algún día tendría que aprender a sacar esos maravillosos sonidos a una guitarra. Todavía ando en el empeño.

Desde entonces he acompañado a Marichú a muchísimos espectáculos flamencos y gracias a sus enseñanzas hoy en día sé qué es bailar bien, lo que se debe hacer y lo que no. Incluso me apunté a clases de sevillanas y aprendí a bailarlas de memoria. La primera vez que las bailé en público, hará unos cuarenta años, me dijo Marichú que parecía un ‘madelman’, dejando tan herido de muerte mi orgullo que no he vuelto a bailar más.

He visto pasar generaciones por la Escuela de Baile de Marichú; las madres de muchas alumnas actuales ya aprendieron con ella. He visto cómo han salido bailaoras y bailaores que han hecho del baile su profesión. He visto cómo algunos de ellos olvidan poner en sus currículums quien les enseñó a dar sus primeros, segundos y terceros pasos. He visto a Marichú resignarse ante tamaña injusticia quitándole importancia tras ver la rabia que me da. Y es que, además de artista, Marichú es una gran persona, generosa, humilde y entregada a su magisterio. Y yo he tenido la suerte de vivir a su lado. Yo, que de joven era más malo que Donald Trump, me volví buena persona por aquello de que ‘los que comparten el mismo colchón se vuelven de la misma condición’.

Hoy en día, Marichú sigue preparando sus clases con la misma ilusión que cuando empezaba. No es nada raro verla sentada en el filo de la silla, repicoteando en el suelo con la mirada perdida en el techo, interiorizando un taconeo a compás. Y cuando sus alumnos actúan y hacen las cosas como ella ha previsto es la mujer más feliz del mundo.

Como Marichú hay muchas otras personas que han dedicado su vida al flamenco, desde una vertiente distinta y callada; la formación, la escuela de baile. Personas que enseñan los entresijos de este maravilloso arte y divulgan sus misterios sin que nadie les reconozca sus méritos. Son los portadores de la tradición más pura de nuestra tierra que llevan con orgullo y difunden a personas de todo el mundo.

Por todo lo cual quisiera expresar, desde aquí, mi reconocimiento a las personas que, como Marichú, han dedicado su vida a la enseñanza del baile flamenco.

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1 Comment

  1. Amador Barroso Martin Reply

    Muy bonita historia y un increíble gesto de agradecimiento para los dos.
    Enhorabuena. 😘😘
    Me encantaría ver uno de vuestros ensayos.

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