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Jorge Pardo, el alma en bandolera

Festival Menga Stones. Saxo y flauta: Jorge Pardo. Guitarra: Melón Jiménez. Percusión: Bandolero. Lugar: Dólmenes de Antequera (Málaga). Día: Do.ingo, 25 de julio de 2021. Aforo: Lleno.

El pasado veinticinco de julio, en el sitio de los Dólmenes, y dentro del Festival Menga Stones, tuve la suerte de disfrutar el concierto del músico madrileño Jorge Pardo.

Músico español de jazz y flamenco, saxofonista tenor y soprano, y flautista. Su estilo con la flauta travesera y el saxo se consideran una referencia de innovación. Me atengo a las palabras de Faustino Núñez: “Hay músicos que son maestros en lo suyo, pero se entorpecen ante otras músicas; otros logran mezclar lenguaje con cierta facilidad, pero solo unos pocos son auténticos alquimistas, aquellos que conocen la naturaleza y propiedades de los metales que desean fundir y saben obtener a través de esta alquimia arte puro”. Ahí se encuentra Jorge Pardo.

Ganador en el Theâtre du Châtelet de París del premio al mejor músico europeo de jazz, por parte de la prestigiosa Academia Francesa de Jazz. Ha sido galardonado con el premio nacional de las Músicas Actuales, otorgado por el Ministerio de Educación y Cultura. Su música ha sonado en los mejores escenarios del mundo y va más allá de la música conocida. En todas sus colaboraciones y proyectos se adentra en la esencia del flamenco y desde sus inicios está presente la libertad creativa e interpretativa.

A la entrada del concierto, la gente espera apertura de puertas. Me sumo a esta espera y, cuando las abren, subimos hasta el campo de los túmulos, lugar sagrado y magnífico escenario de cualquier acto. Las vistas, desde allí, me dejan sin palabras. La esfinge de la peña, la impresionante fachada de Santa María, la alcazaba y su torre, piezas sublimes del viejo arrabal. Más abajo, la ermita de la Veracruz y el crepúsculo bañando de rojo el verde pinar. El lugar es idílico y el público se va acomodando.

Al oscurecer brillan las luces del escenario y Jorge Pardo aparece acompañado de dos músicos de altura: Melón Jiménez, el guitarrista, y J. M. Bandolero en la percusión.

Pardo, enfundado en unos vaqueros rotos, se deshace y recompone su larga coleta, acerca una silla, se apoya sobre el respaldo y deja en el aire las primeras notas de su flauta travesera. Abre con un himno del flamenco: Rosa María, de Camarón. Desde ese instante, todos quedamos hechizados, hipnotizados, con la magia de su música. Jazz y flamenco, flamenco y jazz se cogen de la mano, caminan, se separan, se funden, se aman con la maestría de un artista universal.

El silencio y la admiración se alzan en este lugar donde Eolo agrada y entorpece. Tras la flauta, llega el saxo con unos impresionantes e innovadores tanguillos. A medida que anochece, más íntima se vuelve la música y más honda la entrega.

A lo lejos, se enciende la fachada de Santa María y creo estar en un cuento de Las mil y una noches. En la tercera de las piezas, Jorge abraza y se funde con inmensa ternura al saxo interpretando un clásico de los Beatles: Michelle. La apasionada sutileza de este tema nos pone al borde de la lágrima, quizá porque hay en algunos rincones de nuestras vidas una pena infinita que la música llega a traspasar.

Pureza, raíz, vanguardia y mestizaje se mezclan en este músico que transmite paz y serenidad. En los tientos, magnífico solo del guitarrista, donde el saxo desgrana una vieja letra popular:
A todos los ojos negros
los van a prender mañana
y tú, que negros los tienes,
échate un velo a la cara.

Bravo por el trío, que hace de este instante un recuerdo imborrable.

Muy a mi pesar y al de todo el público, va llegando el final. El concierto se ha hecho brevísimo. En un fin de fiesta por bulerías bailan, hermanados, flamenco y jazz como un todo indivisible. Una zarzamora que traspasa las fronteras del tiempo. Solo de guitarra, solo de percusión, alientos contenidos, duende y magia a borbotones. Busco una estrella fugaz y le pido un deseo: que se pare el tiempo en todos los relojes.

Más tarde, por las rutas de Baco, encuentro al trío en una terraza. Al pasar, le digo interiormente: Gracias, maestro, por tu música y por hacernos con ella llevar esta noche el alma en bandolera.

Foto: El Sol de Antequera.

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