Antonio Manuel cautiva, deleita e instruye con ‘Flamenco. Arqueología de lo jondo’

Antonio Manuel cautiva y deleita, a la par que instruye, con su libro ‘Flamenco. Arqueología de lo jondo’ (Almazara, 2018), cuya lectura resulta una delicia, porque el autor pone su conocimiento y su alma cuando bucea en los orígenes léxicos, históricos y sociales del flamenco. Y lo hace con erudición, pero sin resultar pedante, todo lo contrario, se muestra cercano y pedagógico.

La frase que acompaña al título de la obra (“En el origen de los nombres de halla el manantial de lo jondo'”) es toda una declaración de principios. Según Antonio Manuel, “las dos expresiones que condensan lo flamenco son ‘ay’ y ‘ole’ (del nombre de Dios en árabe ‘allah’); el dolor y lo sagrado”.

Asegura que “el quejío flamenco condensa ambos traumas: el de quienes lo perdieron todo con tal de no abandonar su tierra; y el de quienes abandonaron su tierra con tal de no perderlo todo. Pero el grito se quedó aquí. Por eso se canta en andaluz (…) Poco importa que esas diferencias fueran de pellejo adentro (marranos y moriscos), que de pellejo afuera (negros y gitanos) (…) Les quitaron sus tierras, sus casas, su dinero (…) Pero no perdieron la memoria. Y el inmenso dolor de la nostalgia se metabolizó en un grito desgarrador que conmueve los cimientos del alma. Se hizo flamenco”.

Se remonta al origen fonético de palos flamencos como soleá o martinete (árabe); tangos (negros); debía o alboreá (gitanos). “Nos sacaron el árabe andalusí de la cabeza, pero no sus palabras ni sus sonidos de la garganta. Extranjerizaron el caló y negaron las lenguas negras como si jamás se hubieran hablado en Andalucia. Pero el pueblo las hizo suyas porque eran suyas. Y al mezclarlas con la masa madre del habla andaluza, nació la lengua flamenca. El cante jondo descerraja los candados del alma más desalmada porque en su música y su idioma residen las llaves de la memoria”.

Y abunda en esta idea: “Las palabras se aflamencan cuando se refugian en otras de fonética semejante para no ser descubiertas. De la misma manera que se refugiaron en otra identidad y religión los perseguidos que las decían. Por propio instinto de supervivencia”.

Como corolario a lo anteriormente expuesto, una reflexión en torno al hecho de que en el flamenco, no hay partitura. “Se canta de memoria y habrá que preguntarse por qué. Llevamos la memoria tatuada en la lengua”.

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