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Actulizado 9:50 AM UTC, Apr 16, 2024

Mi infancia… Triana

…Y así fueron transcurriendo los preciosos años 60, entre mis recuerdos, los más tiernos y dulces de mi vida. Las mujeres sentadas en corrillos a las puertas de las casas… Esa velá de Santana con su cucaña y sus sardinas y sus pocos cacharritos, y sus madrugás de Flamenco; llenando los rincones de sabor a sangre… El tranvía… Las manolas y romeros desfilando año tras años delante de mi corralón. Y el hambre, la gracia, el flamenco y el cariño andando suelto por las calles… Yo cantaba en el coro de la iglesia de la O; donde me bautizaron en su pila y donde también recibí mi primera comunión.

Aunque era hermano del Cachorro y estudiaba en los salesianos de Triana, con una media beca que le costaba a mi padre la matrícula 3.000 pesetas; un ojo de la cara. Pero siempre fue en la iglesia de Nuestra Señora de la O donde me invistieron de la cristiandad… Enfrente, hoy es un bingo, había una freiduría y mi madre nos mandaba a comprar miguitas de pescao… Llegaron las televisiones en blanco y negro, las cafeteras; que aún sigo utilizando. Los molinillos para moler el café pasaron a ser eléctricos. Y para hacer el gazpacho ya no había que estar dos horas majando los ajos, pimientos y demás. Ni esperar a que pasara el hombre de la nieve para enfriarlo. Por gracia y por desgracia, nuestro mundo empezó a llenarse de inventos nuevos a la velocidad del trueno. El hombre llegó a la luna, haciéndole una herida al firmamento en el rostro, y nosotros con los ojos como platos contemplábamos la proeza con recelo e incredulidad.

Se me murieron el Ratoncito Perez y Los Reyes Magos…Y el Coco… Y mi tórtola Soleá, a la que adoraba, que me había traído de Fregenal de la Sierra mi vecina Angeles, se la comió un gato. Mi tata María Teresa empezó a renquear, debido a sus más de 140 kilos de peso. Y mi abuela Manuela se mudó al centro con mi tía María. En vacaciones, comencé a ayudar al panadero a llevar las teleras, los bollos de Alcalá y las regañás a las casas de vecinos y a los pisos, que ya empezaban a construir. Desde San Jacinto hasta el Patrocinio, yo subía y bajaba escaleras a toda velocidad, y Fernando el panadero; gordo y blanco como una Boba, me daba a la semana una moneda de dos cincuenta, o sea medio duro, que me solucionaba el fin de semana y, con ella, podía ir al cine Rocío o al parque de las palomas…

Un día mi padre me llevó en su nueva Vespa a coger caracoles, y desde el otro lado de la corta de la Cartuja me dijo: «Mira, Antonio, aquí donde estamos ahora van a construir una ciudad del futuro tan grande como Sevilla. Yo no sé si llegaré a verlo pero así es; para que lo recuerdes…» Y cierto, comenzaron las obras y preparativos para dejar ciego a ése, mi río caudaloso, el Guadalquivir, que pasaba por detrás de mi habitación, y empezar a poner los primeros cimientos de la EXPO. Hicieron la piscina de Chapina y comenzaron con las obras del Parque. Quitaron el tranvía… Y algunas cosas más… Pero no pudieron jamás arrancar el arte de las esquinas de mi barrio, ése; el de Triana….¡¡¡OLE!!!

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