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Actulizado 1:11 AM UTC, Apr 20, 2024

Mellizo doble, un espectáculo extravagante

‘Mellizo doble’. Concepción y codirección artística: Israel Galván y Niño de Elche. Coreografía y danza: Israel Galván. Música y cante: Niño de Elche.
Lugar: Teatro Central de Sevilla. Día: Sábado, 26 de febrero de 2022. Aforo: Lleno.

El pasado sábado volvieron a llenar el Teatro Central de Sevilla. Algo más de hora y cuarto sirvieron para levantar al público tras un espectáculo profundo, profundo en cuanto a hondo, en cuanto a que se dirige al fondo, usando la etimología latina profundus: que avanza al interior hasta llegar a su límite. Así se desarrolló la propuesta de Israel Galván y Niño de Elche, con mucho genio, muy cerca de los bordes, cerca del límite.

Mellizo doble

Una actuación ecléctica en la que el hilo fundamental por el que se desarrollaba la obra era el
sonido, incluso más que la imagen; había momentos en los que lo acontecido en el escenario era dirigido hacía los oídos, era tan fuerte la potencia del discurso sonoro que invitaba a cerrar los ojos y dejarte mecer por los vericuetos propuestos por la dupla.

Comenzaron con el poema ‘Cuando Pastora levanta los brazos’, de Eugenio Noel, recitado por el Niño de Elche, que se encendía mientras el zapateo de Israel Galván, ataviado con un mandil de carnicero rojo, confirmaba la agresividad del momento. Y gritos, y pisadas hacía dentro de la tierra, y un pasado de muerte y sufrimiento recorría cada poro de una piel
erizable.

Mellizo doble

La obra es punzante, no es tan emocionante como crítica, como propuesta reivindicativa de un arte que muchas veces se puede considerar “cerrado”. Busca
irremediablemente la puesta en tela de juicio de un discurso de siglos, un discurso que a pesar de todo se encuentra en movimiento. En la línea teórica de Pedro G. Romero, ‘Mellizo doble’ busca seguir centrifugando el discurso de lo flamenco.

Hubo momentos en los que se podía llegar a sentir un mordisco en el alma de rabia, un bocado que pese a estar modificado en la forma mantiene un espíritu flamenco, es capaz de elevarte. Aunque esto ocurriese, no fue algo recurrente durante el espectáculo.

Las reacciones del público en diversos momentos fueron reseñables. Risas, risas ante la desintegración de la estructura ortodoxa del flamenco. Aplausos, aplausos desmesurados y
sin respetar el silencio de una obra que invita a un grito sordo.

Mellizo doble

La obra se desarrolló sin más apariciones que la de los dos artistas y algunos elementos que adquirían protagonismo en momentos oportunos. La guitarra, usada como acompañamiento; una rueda de madera, que servía como tarima y como instrumento autónomo de percusión que hacía de redoble gitano al caer peonzante; una silla, que emulaba un capote torero; una caja que hacía de mini escenario improvisado si se colocaba tumbada, o de atril de mítines políticos si se colocaba en pie; un cajón flamenco que acompañó en ciertos momentos la percusión de Israel; una especie de trapo colocado en el suelo con el que el bailaor producía profundos golpes de corazón a calzado descubierto; y arena, arena que Galván pisaba y
pisoteaba mientras en la más profunda oscuridad jugaba con la imaginación del público, que
no podía imaginar lo que ocurría en el escenario.

Una actuación técnicamente formidable por parte del sevillano, con un zapateo que recorría
todo el escenario sin parar de marcar el compás interno de un cuerpo vibrante. El Niño de Elche mostró unos detalles de concentración y decoro; emulaba discos rayados, velocidades distintas, notas desmesuradas, un Maria de la O que a veces parecía mecerse por bluenotes de Nueva Orleans, por el alminar de una mezquita, o por la propia Marifé de Triana. Experimentos vocales y coreográficos muy bien efectuados y con cierta actitud combativa e incluso provocadora recordaban la dureza del camino, del camino de un pueblo castigado.

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