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Actulizado 9:50 AM UTC, Apr 16, 2024

Juan Habichuela, la raíz de mi guitarra

Juan Habichuela

Cuando se tiene una edad razonable, sobradita por encima de los 50, es raro el día en que no muere algún personaje al que has admirado o cuya obra tangible o emocional ha referenciado alguno de tus procesos vitales. El pasado jueves, 30 de junio, lo hizo a los 83 años Juan Carmona Habichuela, guitarrista granaíno y universal.

Lo conocí, en carne y hueso, un 15 de agosto de 1983, en un festival flamenco en Montefrío (Granada); yo, aprendiz eterno de guitarrista, iba a acompañar a la bailaora del cartel y al histórico Manolo Ávila. Y allí estaba, entre la nómina de guitarristas Juan Habichuela. Lo saludé con la emoción, admiración y respeto que requiere un verdadero artista del que intentaba aprender desde hacía bastante tiempo.

Lo descubrí en ese maravilloso disco que Pansequito del Puerto (así se anunciaba entonces) grabó en 1974 (‘Pansequito’, con las famosas bulerías del Tápame) y que recibió un sonado Premio a la Creatividad por parte del Ministerio de Información y Turismo; en él, tocaban de forma escandalosa Juan, Pepe y Luis Habichuela.

Por esos años, también veía con pasión los programas de ‘Rito y Geografía del Cante’, y allí sobresalía Juan Habichuela en su magnífica etapa con Fosforito. Era un tiempo donde Paco de Lucía, Manolo Sanlúcar y el Niño Miguel abrían nuevos caminos y me volvían loco con su virtuosismo técnico y creativo.

Pero yo me veía emocionalmente más cerca de Juan Habichuela (y de Paco Cepero), miraba sus manos para intentar entresacar el imposible secreto de su rasgueo redondo y afilado con más dedos que muñeca en una rotación perfecta; su trémolo de cristal que sonaba como una orquesta; las hilaturas de arpegios y picados en un espasmo horizontal que te sacudía los sentidos; su pulgar rotundo y atinado; sus falsetas precisas, justas, flamencas, gitanas, armónicas, inmortales (en muchas ocasiones, estaba deseando que el cantaor terminara el tercio para que Juan empezara alguna de ellas)… y, sobre todo, analizaba su actitud ante el cante, que partía de un conocimiento natural y erudito de todos los palos y sus derivados, sus cortes secos y certeros en el momento justo, sus fraseos entrelazados a tiempo y compás, o sincopados a pulso y contrapelo, buscando siempre e irremisiblemente la flamencura y ese término que forma parte del nombre de esta publicación, el pellizco.

He leído muchos artículos tras su muerte donde se expone y ensalza su impecable trayectoria artística, su biografía, su discografía y su herencia humana, con hijos, sobrinos y nietos de una categoría flamenca sobresaliente (aunque difícilmente se repetirá un póquer de guitarras, de la misma cuna, tan completas, acompasadas y compenetradas como el que formaron él y sus hermanos Carlos, Luis y Pepe, el único que aún vive y sigue sentando cátedra con su personalidad y pureza). Eso sí, en casi todas ellas se remarca, y sé que lo hacen con la mayor generosidad y respeto, lo de “guitarrista de acompañamiento”, y ese detalle no termina de cuadrarme, pues Juan Habichuela fue ante todo un guitarrista (sin añadidos), cuya base sonora y conceptos flamencos han sido, y siguen siendo, guía y referencia de varias generaciones de guitarristas.

En mi forma de verlo, han sido muchos los cantaores que han tenido la suerte de hacerlo con Juan Habichuela a su lado, arropándolos, adornándolos, inspirándolos y enriqueciéndolos. Volviendo a la noche de Montefrío, a Juan le gustó el timbre de la guitarra que yo llevaba, la compró mi padre en 1969 al renombrado guitarrero cordobés Montero; me la pidió para tocarla y con ella acompañó a uno de los cantaores en el escenario.

Luego “me aguantó” con paciencia la retahíla de preguntas y consejos que le pedí. Cada guitarra es un libro abierto y voluminoso de historias y vivencias que quedan enquistadas en sus estructuras vivas. En un rinconcito del Paseo, en Cuevas de San Marcos (Málaga), hay una casa que guarda entre sus ladrillos esa vieja bajañí de Montero, bien custodiada y acariciada a ratos por las manos maestras y nonagenarias de José (Terrón, padre del autor del artículo); y cuando alguna vez son las mías las que intentan templarla, sus maderas, en un proceso inconsciente y recurrente de telepatía anímica, me recuerdan que, en una esquina de su diapasón, permanece adherida la raíz de unas manos y un alma que ya son leyenda y gloria del flamenco, las manos de Juan Habichuela. Que la tierra te sea leve, maestro…

 

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