‘Guerrero’ por Guerrero: La polisemia dancística

‘Guerrero’. Idea artística y baile: Eduardo Guerrero. Dirección musical y guitarras: Javier Ibáñez y Juan José Alba. Cante: Anabel Rivera, Samara Montañez y May Fernández. Lugar: Teatro Cervantes de Málaga. Día: Viernes, 4 de octubre de 2019. Aforo: Media entrada.

En los aledaños del teatro, un desfile procesional extraordinario se perfila junto a la plaza de bienvenida. Hay afluencia de público y cámaras fotográficas por doquier. Ante mí la imagen de un ‘Ecce-Homo’ que se me aparece sorpresivamente. Es el Señor de la Humildad y parece que ni hecha a posta la escena. Imagino que la contextualización no podía ser más adecuada para atravesar a través de un hilo fluyente puertas adentro y culminar en el transcurso de los minutos siguientes el primer número con la pasión doliente de las saetas. Una presagio doliente.

Guerrero está en las tablas mientras el público toma sus asientos. Recorre el espacio, la música es densa y al son de los tañidos de campanas se va llenando con todas las figuras estáticas que nos acompañarán en los próximos noventa minutos.

Se encienden las luces cenitales y tras tres golpes de Guerrero, las voces son las protagonistas. “Yo le pido a Dios, no me falte la salud y la libertad”, es una proclama de intenciones que se repite en el repertorio musical que está por venir y es diverso. Es acogida la letra en otras ocasiones, al abrigo de palos de diferentes colores.

Quizás, significa también un guiño al pueblo gitano donde horadan sus raíces. De cualquier manera, el dialogo con las tres voces femeninas es constante. Es el cuerpo del espectáculo y su razón. Es el homenaje a la maternidad, a la protección y el amor, a los devaneos sensoriales, a la disciplina y el sufrimiento; es el espejo donde apoyar la espalda y el peso de las batallas perdidas. La mujer es la omnipresencia. Cuando Guerrero está enfrente de ellas, es una actitud, a veces, de desafío y otras de encuentros; zigzaguea entre sus fórmulas estatuarias y el movimiento corre a cargo, casi con exclusividad, de él. La propuesta escénica es austera e incluso en registros festeros la combinación de pausas dramáticas con el propio baile rompen con los prototipos de danza eminentemente flamenca y deriva hacia rutas contemporáneas.

Si comenzamos con un viaje de tintes lorquianos e influencias clásicas en las letras de Manolo Caracol (“Todas las madres tienen pena y amargura”), el hilo se rompe hacia sabores de bambú y orientalismo percusivo.

Es de especial mención la dirección musical a cargo de las bajañís, apostadas en todo momento a la retaguardia, y que a pesar de no poder apreciar con la mirada arpegios y rasgueos significó un trabajo logrado que transmite con solvencia la capacidad continua de un espectáculo que recorre mucho camino. A veces innovadora en las florituras, otras en el tratamiento de notas que cobran su máxima expresión en palos como malagueñas y tanda de fandangos, con letra personal dedicada a la figura del Guerrero.

Fue éste el eje central del cuerpo del espectáculo. Estamos ya en el ecuador y abunda en registros de tierra; usa el suelo en ocasiones que son fogonazos para romper los tiempos heterodoxos. La alternancia de formas expresivas quizás son a veces un algoritmo donde el público se desarma, no obstante, y sin duda alguna, es una prueba fehaciente de que Guerrero tiene un público Guerrero y tras los cierres llenos de efectismo y estáticas estampas se abren paso calurosos aplausos.

En la soleá por bulerías, prende como un pájaro de fuego y brinda su armamento más flamenco. Guerrero se complace a las pausas de los aplausos. La nana que calma tu guerra es un cordón umbilical, transfigurado en una cuerda que ata la voz y el movimiento. “Duerme sangre de mi sangre, que la noche es traicionera. Que ya están durmiendo tus sueños sobre tu almohada”.

Sin duda, y en opinión de la que subscribe, un momento lleno de sensibilidad que hasta arrancó lágrimas en mi vecina butaca de sensaciones. Es un paso a dos flamenco, con sencillez y con armonías de mención especial.
Por seguiriyas y a la voz de May Fernández, Guerrero opta por un trabajo de suelo, repta y contrae las sensaciones, sin duda es una idea deconstructiva que usa para acaparar con sorpresa al público que le admira.

En el último tramo, Guerrero se acompañó por alegrías y siguió con letras de un repertorio más festero. Es devuelta la respuesta del público cuando se reconoce en las letras a María Jiménez, lo cual agradecen sin parangón. “Voy a perder la cabeza por tu amor”. Guerrero atraviesa el escenario ejecutando doble carretilla y se sienta en una silla de anea.
El respetable en pie, tras una pausa cierra el espectáculo del mismo modo en que arrancó, ocupa el espacio y anda. Explora en otras aguas.

Una ovación de varios minutos da prueba de que ‘Guerrero’ se reafirma en el tiempo, no en vano desde que el espectáculo que nos trae se estrenara en el festival Suma Flamenca de Madrid, esta producción fue galardonada con el premio del Público del Festival de Jerez 2017.

Fotos: Paco Lobato
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