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‘La suite jonda’, una novela pletórica

Alguna vez nos pareció fácil distinguir entre la literatura y la historia, luego reparamos en la narrativa histórica y en el propio hecho de que los historiadores también han propendido a las interpretaciones y bastantes de ellos a la autocensura, a la adulación, al solapamiento y a la tergiversación; así que para conocer la Edad Media puede ser tan útil la ‘Grande e general estoria’ de Alfonso X de Castilla, como el ‘Libro de Buen Amor’ de aquel Arcipreste no menos sabio.

Desde Tolstoi hasta Pérez-Reverte un magnífico y profuso testimonio de novela histórica nos brinda una información fidedigna (así digo) de cómo fue aquella época y aquel modo de vivir. En esa narrativa se documentan y entremezclan los hechos acontecidos con los avatares fantasiosos en una trama de personajes ya reales, ya ficticios que, en cualquier caso, nos detallan un mundo que, aunque ido, permanece. Cervantes al fondo.

Discúlpeme el lector por el anterior preámbulo. Debo abordar ya la valoración y justiprecio de la novela ‘La suite jonda’ de Fernando Otero. Editada por Algaida (Sevilla) en este año de la pandemia; son 249 páginas que se leen en un fin de semana pero que dejan un regusto, una evocación placentera por la trama, estilo, valoraciones y, sobre todo, por el cúmulo de personajes (ya reales, ya ideados) que tenemos impresos o reimpresos en nuestra memoria. Es de las novelas que dan qué pensar y que dan qué hablar.

‘La suite jonda’ parece responder a un reto: el de relacionar el vergonzante y tristísimo desastre de Annual, acaecido en julio y agosto de 1921, y el Concurso de Cante Jondo celebrado en Granada en junio de 1922. El elemento conector es el no menos histórico informe del general Juan Picasso donde se denuncia la deleznable y culpable irresponsabilidad de los altos mandos militares (general Dámaso Berenguer) y, por extensión del propio rey Alfonso XIII. Pronto se cumplirá el siglo de estos acontecimientos y, por un lado, nos parecen distantes y casi olvidados-silenciados y, por otro lado, nos parecen lamentablemente repetidos en otras lides de la política cotidiana española de este año del coronavirus. Este paralelismo, que tiene ‘La suite jonda’ con la actualidad, hace la novela mucho más interesante.

«Parece responder a un reto: el de relacionar el desastre de Annual y el Concurso de Cante Jondo de Granada de 1922»

Fernando Otero, ya escritor avezado, premiado y reconocido, sabe crear la trama que nos cautiva; aparte de su buen estilo, donde los adjetivos son certeros y las valoraciones justas y valientes, aporta una admirable labor de investigación. De esta manera crea una urdimbre perfectamente documentada para sostener una elucubración que, aunque improbable, nos resulta paradójicamente verosímil. Juego de luces y sombras, maniqueísmo con la complicidad del lector, clichés culturales, guiños ideológicos y una trama en la que buenos y malos compiten, una vez más, por mejorar o seguir fastidiando al mundo, nuestro mundo.

Una de las ventajas de la literatura es que permite contar como ficción lo que el periodismo y la historia no se atreven a proclamar como verdad, por esta razón ‘La suite jonda’ nos muestra un desfile de protagonistas, ya personajes históricos, ya apócrifos, que nos brinda la oportunidad de repensar nuestra historia. Así nos encontramos con Manuel de Falla, Federico García Lorca, Pablo Picasso, la Niña de los Peines, Andrés Segovia, Ignacio Sánchez Mejías, Ángel Barrios, Giner de los Ríos, Ignacio Zuloaga, Kurt Schindler, Ramón Gómez de la Serna, León Trotski, los generales Juan Picasso González, Dámaso Berenguer, Manuel Fernández Silvestre, el rey Alfonso XIII (tan torpe y temerario como hipócrita consumidor de pornografía) y un largo etcétera tan sorprendente como exuberante. Pero sin duda el juego literario de esta novela alcanza su máxima intensidad en el viaje mítico y épico que Fernando Otero nos imagina para el cantaor Diego Bermúdez Calas, el Tenazas de Morón, caminando desde Puente Genil hasta Granada para participar en el Concurso de Cante Jondo. Qué maravilla que el admirable Tenazas se encontrara, nada más y nada menos, que con Antonio Torres Heredia (con su vara de mimbre, camino de Sevilla) y con Gerald Brenan. Qué lujo: el personaje lorquiano, hijo y nieto de Camborios, y el universal escritor británico (tan nuestro), autor de ‘El laberinto español’. Qué elogioso juicio le hace el hispanista al cantaor: «Es usted el auténtico Ulises andaluz». Desde luego, las odiseas son siempre tan reales como literarias y marcan la memoria de los pueblos como señal de identidad indeleble. También somos ficción.

«Qué elogioso juicio le hace Gerald Brenan a El Tenazas de Morón: «Es usted el auténtico Ulises andaluz»»

Cualquiera diría que ésta es una novela de espionaje porque los dos personajes literarios en torno a los que se articula son Albert Leger, rubio y apuesto, espía reclutado por León Trotski, y que se hace pasar por periodista del diario francés Le Correspondant, Fernando Otero nos hace una magnífico retrato en segunda persona; su antagonista es la atractiva Carol Butler, de ojos esmeralda, espía al servicio de Alfonso XIII y que se oculta tras el supuesto trabajo de guía e intérprete del compositor alemán Kurt Schindler nacionalizado estadounidense que, acompañado de su esposa Úrsula Greville, venía al Concurso de Cante Jondo como director de la Schola Cantorum de Nueva York. El papel de ambos espías está muy bien trazado en su complejidad y, sin miedo a los estereotipos, Fernando Otero nos los presenta de forma poliédrica: atractivos seductores, despreciables esbirros, renegados traidores, impolutos profesionales de la delación, políglotas y víctimas de sí mismos.

Un tercer personaje central también ficticio es el pintor Daniel Granados (transmutado parcialmente con el real y también pintor jienense Manuel Ángeles Ortiz), destinatario de una copia del expediente elaborado por el general Juan Picasso y que es remitido desde París por su sobrino el ya consagrado pintor malagueño Pablo Picasso. Daniel Granados es un personaje de conciencia que, aunque desea su triunfo personal, se arriesga para que un resumen del expediente llegue a los periodistas extranjeros que asisten al Concurso de Cante Jondo, porque lleva la revolución «en el corazón, no en la boca para vivir de ella» (pág. 178).

Ya lo hemos apuntado, ‘La suite jonda’ tiene dos ejes vertebradores: el informe Picasso como eje esencial y el Concurso de Cante Jondo como eje transversal, los ilustres organizadores del certamen han preferido el adjetivo «jondo» al adjetivo «flamenco», porque entendían que el flamenco se había adulterado, muy especialmente en los indignos cafés cantantes madrileños, en los que transcurren episodios que nos muestran el desprecio que los señoritos y empresarios dedicaban a los cantaores, tocaores y bailaoras. Fernando Otero nos describe esos cafés cantantes como lugares abyectos y para ello nos relata dos escenas contundentes: la felación que una bailaora tiene que hacer a un señorito cincuentón y la brutal agresión que sufre el maestro Lozano, ya sexagenario. Ese «flamenquismo barato» (pág. 64) es sin duda una adulteración del verdadero cante jondo que reivindicaría también Lorca en el título de su famoso poema.

Transcurrido un siglo de aquel concurso purista, se han prodigado usos, vertientes, variantes y fusiones de lo que conocemos como flamenco, pero aquel esfuerzo no fue vano porque se sentaron unos acertados criterios y se dignificó un arte admirable que se había malogrado en los cafés cantantes.

En ‘La suite jonda’ Fernando Otero nos hace encomio frecuente del flamenco, algo que se advierte por los títulos evocadores de las cuatro partes en las que se divide: ‘El ayeo’, ‘El quejío’, ‘El remate’ y ‘El eco’. Las alusiones a los cantaores de la época son frecuentes: Diego Bermúdez Calas, el Tenazas de Morón, La Niña de los Peines, don Antonio Chacón, Manuel Torres, el tocaor Ramón Montoya, etc.

Son considerables la apología que un peón agrícola dedica al Tenazas «Eres un niño cantando como un viejo, tu voz es más antigua que tú» (pág. 61), la proverbial definición «Mi cante duele como sal en una herida» (pág. 32) y los elogios que Fernando Otero pone en boca de Lorca y de Daniel Granados para expresar su admiración por Diego Bermúdez no dejan lugar a dudas: «Moisés del flamenco. Un líder espiritual. Un mesías. Un salvador con las tablas de Dios en sus manos». (pág. 69)

«Fernando Otero hace encomio frecuente del flamenco, con alusiones a El Tenazas, La Niña de los Peines, don Antonio Chacón, Manuel Torres, Ramón Montoya»

«El cantaor es el protagonista de la tragedia a través de su voz. Y su voz recorre todo su cuerpo, desde el tuétano de los huesos al estómago, su segundo cerebro. Y del estómago a sus pulmones, su tráquea y su cabeza como cajas de resonancia donde vibra el sonido. Finalmente la voz se libera al aire. Nada queda intacto en un cuerpo cuando el cante puro lo atraviesa» (pág. 86). Así comprobamos cuando el músico Schindler «observó consternado la expresión de Diego Bermúdez que parecía romperse en sus ayes con los ojos cerrados y apretando los puños». (págs. 99-100).

Los paisajes y escenarios de la novela son dignos de consideración desde la formidable caminata que hace el Tenazas en aquellos días y noches de junio hasta la estación de tren de Granada, taberna del Polinario, Hotel Alhambra Palace, calles y carmen del Albaicín, Centro artístico de Granada, Palacio Real de Madrid (salón Gasparini), estudio de Pablo Picasso, residencia del gobernador británico en Gibraltar… todo un mundo, desde la fiesta de alta sociedad hasta la sordidez lóbrega de los matones o generales dispuestos a apalear inocentes, sin contemplaciones.

Toda esta exhibición de personajes y lugares con una trama calculadamente dinámica hacen que esta historia sea una novela pletórica y especialmente indicada para ser llevada al cine, Fernando Otero lo sabe y hace algún guiño, espero que algún productor cinematográfico sepa entenderlo.

Así transcurre la novela en la se entremezclan torturadores y artistas, en la que media España quiere ocultar sus vergüenzas y la otra media (Fernando Otero y yo también) empeñada en proclamar la verdad aunque sólo sea de forma literaria. El desenlace quizá es lo de menos, Fernando Otero nos avisa que «La historia continúa en la imaginación de cada lector». Satisfactorio final porque los resúmenes pertinentes puedan entregarse a los periodistas extranjeros que asisten al Concurso de Granada, para que los publiquen en sus países, y frustrante porque Carol Butler consigue apropiarse de la copia del expediente para que quede silenciado en España. Pero Fernando Otero nos regala una triple añadidura a modo de bis, es un apunte de cómo pudo transcurrir la vida posterior de estos tres protagonistas principales de forma verosímil. Vaya el lector a comprobarlo.

Es muy probable que los curas de aquellos años emplearan el latín para decir desde el altar, no desde el púlpito, (pág. 151) «Dominus vobiscum» a lo que los feligreses respondían «Et cum spiritu tuo»; con tu espíritu, Fernando Otero, nos sentimos los lectores de esta ensoñadora suite, cuya escritura te agradecemos. Reconforta saber que, además de militares incompetentes y sanguinarios con sus propios compatriotas, hay tantos otros que crean arte, lo preservan y lo divulgan, que siempre nos será más grato cantar o escuchar respetuosamente a quien lo hace que masacrar enemigos inventados o a tus propios conciudadanos.

Termina la novela con una solicitud de perdón por parte del autor por su osadía de emplear personajes tan reales como míticos en esta narrativa que los rescata de una realidad que fue mágica y los trae a esta ficción literaria. Estoy seguro de que todos ellos estarían muy satisfechos de haber revivido en estas páginas que concluyen con una cita de Antonio Machado «En estos días azules y este sol de la infancia». Ya no se puede decir más.

Salvador Jordán Gómez es Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de
Granada, profesor de Lengua y Literatura y autor del libro ‘Los textos y sus comentarios’. Granada. Port-Royal Ediciones (1998-2000) y de otras publicaciones y colaboraciones.

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