La noche dulce de Eva Yerbabuena

68 Festival de Música y Danza de Granada. ‘Cuentos de azúcar’. Dirección, baile y coreografía: Eva Yerbabuena. Dirección musical y guitarra: Paco Jarana. Artista invitada: Anna Sato. Cante: Miguel Ortega y Alfredo Tejada. Taiko (tambor japonés): Kaoru Watanabe. Cajón y congas: Rafael Heredia. Baile: Fernando Jiménez. Lugar: Teatro del Generalife de Granada. Día: Miércoles, 9 de junio de 2019. Aforo: Casi lleno (1.680 personas).

‘Cuentos de azúcar’ es un ejemplo de hermanamiento cultural entre el flamenco y el folclore de la isla japonesa de Amami. La propuesta de Eva Yerbabuena (coreografía) y Paco Jarana (dirección musical), en el imponente marco del Teatro del Generalife granadino, comienza con una bailarina que mueve sus brazos junto a un enorme círculo con su perímetro cercado por piezas metálicas y en cuyo interior se desarrolla prácticamente todo el espectáculo.

Tras sacudirme los ojos, compruebo que la intérprete tiene cuatro brazos que mueve rodeando toda su figura y tardo un buen rato en adivinar que hay alguien detrás, oculto, prestando a la intérprete sus extremidades superiores, en un lance que me recordó ciertos espectáculos circenses de mi niñez. Acto seguido, se fusionan guitarra flamenca y cánticos japoneses y la Yerbabuena recorre el perímetro del círculo con pasos muy cortos. Algo inédito en un espectáculo flamenco. Quizás Eva y Jarana han inventado el baile por ‘japonerías’. Acompañada por una guitarra flamenca, un taiko y una voz de rancio sabor amamí, despliega todo su arte la bailaora.

Por fin aparecen voces flamencas y se adivina un palo por cañas. Jarana toca como si hubiera cien guitarras y la Yerbabuena borda el baile, porque es una bailaora como la copa de un pino. Finaliza el palo como empezó, bordeando el círculo. Anna Sato toma el relevo y acredita unas dotes extraordinarias para cantar, con una amplitud vocal tremenda, que pasa de notas graves a agudas, quizás en falsete, con pasmosa facilidad, algo impresionante y poco habitual de escuchar. Y a continuación se escucha una marcha militar que se va convirtiendo en taranto, en una ingeniosa composición musical. Y con la marcha y el taranto y el mantón, Yerbabuena vuelve a tejer un baile extraordinario. Sus taconeos, sus pausas, sus guiños a figuras de ballet contemporáneo, sus braceos y sus giros encandilaron al numeroso público que no esperaba a que finalizara el baile para aplaudir en señal de complacencia.

Se fueron alternando muestras de las dos culturas con una Sato que volvió a evidenciar su enorme talento en el cante, atreviéndose a entonar los tangos autóctonos, en su idioma eso sí, que iniciaron Alfredo Tejada y Miguel Ortega. Fernando Jiménez volaba por el escenario, con movimientos más típicos del ballet clásico que de flamenco, pero cumplió con nota cuando tuvo que bailar a dúo con Yerbabuena. Y los tangos se tornaron granaínas y las granaínas se tornaron alegrías. Y fue en este último palo donde el tándem Yerbabuena/Jarana se mostró insuperable, no en vano hablamos de la mejor conjunción baile/toque que se puede ver hoy por hoy en el panorama flamenco. La escobilla que se marcó la pareja fue sencillamente sublime. Por poner un pero, el vestuario elegido por la bailaora para interpretar este palo no parecía favorecerle demasiado. Al menos eso me pareció a mí, si bien doctores tiene la Iglesia para opinar de manera opuesta.

Finalizaron Sato y Yerbabuena compartiendo un té o un sake sobre el suelo del escenario, simbolizando la conjunción de las dos culturas, fundiéndose en un abrazo. En definitiva, se trata de un espectáculo lleno de imaginación, novedoso y con un elenco de artistas de primerísimo nivel. Una noche dulce de cuentos de azúcar.

Fotos: Festival de Granada / Fermín Rodríguez.
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