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Actulizado 1:11 AM UTC, Apr 20, 2024

Estrella Morente, así en la tierra como en el cielo

Cante: Estrella Morente. Guitarra: José Carbonell ‘Montoyita’ y Monty. Coros y palmas: Antonio Carbonell, Ángel Gabarre y José Enrique (‘Kiki’) Morente. Percusión y baile: Pedro ‘Popo’ Gabarre. Invitados: Antonio Carmona y Pablo Alborán. Lugar: Plaza de toros de La Malagueta (Málaga). Día: sábado, 25 de agosto de 2012. Aforo: Dos tercios.

Estrella Morente se refirió a la plaza de toros de La Malagueta -escenario donde actuaba por vez primera y en el que suele torear su marido Javier Conde- como “lugar sagrado donde mi casa sueña”. Amén de tal implicación emocional, hubo otra aún mayor que presidió todo su recital, la presencia intangible de su padre, Enrique Morente, al que nadie citó en ningún momento, pero cuya figura sobrevoló el coso malagueño. Estrella Morente, así en la tierra como en el cielo.

Ya desde el inicio, la cantaora granadina homenajeó a su padre con el círculo que él solía formar para abrir sus conciertos. Ronda de tonás con la que lloraba la pena amarga por su pérdida. Coros fúnebres. Difícil no emocionarse. Prosiguió su particular homenaje con la caña; ecos añejos en una voz más madura, rasgada y cristalina a un tiempo. Su hermano José Enrique, que solía acompañar al padre, también participaba de la catarsis.

Por tangos, letras taurinas y continuos guiños a Málaga (vive en la capital y su esposo es malagueño). No tardaría en buscar el intimismo de los cantes de Levante, reforzado con unas velas colocadas detrás del escenario, en un emotivo recuerdo al padre y grandísimo artista, con la guitarra de Montoyita. Por seguiriyas, se mostró devastada, transida por la pena, en un lamento amargo y profundo que estremecía. La cabal, profundísima, pellizcando. El público, emocionado, aplaude a rabiar.

Un solo de guitarra por Levante le concede un descanso. Los subalternos, curtidos en el cante para atrás y fieles escuderos de su padre, cantan por bulerías. Resulta una grata sorpresa identificar el eco de Morente en la voz de su hijo Kiki. Pellizca y tiene algo especial («la bolita», que diría Jesús Quintero). El padre sigue vivo en sus vástagos, benditos sean. El percusionista baila, espontaneidad y voluntad en detrimento de la técnica.

Vuelve Estrella con una parte acancionada, en la que canta enhiesta como su padre, al tiempo que baila con mucho ángel. Despliega el mantón y lo mueve con donosura. A buen seguro que su progenitor contemplaba la escena desde el cielo. Siguen los homenajes, en este caso a Fernanda y Bernarda de Utrera, y, poco después, a Lola Flores, con unas sevillanas dedicadas a su abuela Rosario, amiga de La Faraona, versión incluida de No dudaría, de Antonio Flores.

Para la traca final, se reservaba dos ases en la manga: Pablo Alborán, con el que interpretó el tango Volver (ella lo cantó por boca de Penélope Cruz en la película homónima de Almodóvar), y Antonio Carmona, con el que ofreció una bellísima versión de Ojos verdes y varias rumbas (Mala, de Ketama, entre ellas). En la despedida, fin de fiesta por bulerías. Estrella se baja del escenario y canta entre el público, que había abandonado previamente sus asientos. Comunión máxima entre artista y público. Noche memorable, Enrique Morente in memoriam.

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