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Actulizado 6:19 PM UTC, Sep 16, 2026

El Amir: seis cuerdas para viajar por la memoria

V Festival Internacional de la Guitarra de Málaga Pepe Romero. ‘Alma Flamenca’. Recital de guitarra solista de El Amir. Lugar: Sala María Cristina de la Fundación Unicaja de Málaga. Día: Viernes, 11 de septiembre de 2026. Aforo: Lleno.

El guitarrista hispano-alemán conquista la Sala María Cristina con ‘Alma Flamenca’, un recital íntimo en el que la guitarra se convierte en memoria, territorio y emoción

Hay conciertos que comienzan cuando se apagan las luces. Y hay otros que empiezan mucho antes, cuando el público todavía está buscando su butaca y el artista aparece en escena con absoluta naturalidad.

Así comenzó la noche de El Amir en la Sala María Cristina de la Fundación Unicaja, dentro del V Festival Internacional de la Guitarra de Málaga Pepe Romero. Las luces permanecían encendidas, el público terminaba de acomodarse y los aplausos recibían al guitarrista. No había distancia entre el escenario y la sala. Y quizá esa cercanía fue el primer anuncio de lo que estaba por suceder.

El festival, que se celebra del 4 al 30 de septiembre, rinde homenaje este año a tres figuras fundamentales de la guitarra: Joaquín Rodrigo, en el 125 aniversario de su nacimiento; Celin Romero, que cumple 90 años; y Ángel Romero, que alcanza los 80. Pero aquella noche, en la Sala María Cristina, las protagonistas fueron las seis cuerdas ejecutadas por El Amir.

Cuando la guitarra susurra

El recital, titulado ‘Alma Flamenca’, arranca con una minera, Origen del silencio y casi desde el primer acorde sucede algo difícil de explicar. Escucho la guitarra y siento cómo el sonido se va instalando en la sala. Es una sensación casi física. Un pequeño escalofrío. Una especie de ASMR (sensación placentera de hormigueo) flamenco que me obliga a dejar de escribir detalles, bajar el móvil y simplemente escuchar.

El Amir no necesita más presentación. Después de esa primera inmersión llega Temple de Granada, su granaína, y entonces decide hablarnos. Nos cuenta su relación con Granada, sus recuerdos y una frase que le repetía su padre y que, de alguna manera, explica también una parte de su educación musical y flamenca: «No puedes solo escuchar a Paco, tienes que escuchar también a los Habichuela». La pieza se convierte así en homenaje a Juan Habichuela. «Ha sido un grande y es un honor haberle conocido», confiesa El Amir y vuelve a tocar.

La memoria hecha guitarra, con la farruca Recuerdos con la que llega otro nombre imprescindible: Enrique de Melchor. «A Enrique de Melchor lo conocí en Córdoba y la emoción que meto en esta farruca es la que él me ha dejado de esos ratos juntos», explica El Amir. Y ahí vuelven los «¡madre mía!» que empiezan a escucharse entre el público.

Pero si algo confirma esa noche es que una guitarra puede ser también un archivo de recuerdos. La soleá Mezquita de Córdoba continúa profundizando en ese territorio. Las manos de El Amir parecen flotar sobre las cuerdas y, por momentos, tengo la impresión de que la guitarra respira.

Sin necesidad de mostrar nada, la técnica está ahí, evidente, pero al servicio de algo mucho más importante: la emoción.

El recital continúa con Dos palomas vuelan, una balada que nació de una melodía que apareció un día, casi de manera espontánea, y que El Amir fue transformando con el tiempo a través de sucesivos arreglos.

Después llegan los cambios de temperatura, no solo en la sala, el guitarrista recuerda su llegada a España en 2019 y cómo se instaló en un pueblo de la Axarquía. «¡Qué clima más bueno hay aquí!», pensaba. Hasta que llegó el calor. De esa experiencia nació Terral de Málaga, una rumba en la que intenta atrapar precisamente ese viento malagueño que llega, se instala y termina formando parte de nuestra identidad. La sala responde con aplausos.

Y El Amir vuelve a afinar. Ahora el viaje nos lleva mucho más lejos, hasta Bucaramanga a través de sus colombianas. Antes de tocarla, habla de sus raíces y de todas esas mezclas que conforman su historia personal. Y le dedica la pieza a su madre, de origen colombiano.

La guitarra vuelve a convertirse en territorio…Porque quizá eso es lo que hace la música: permitirnos viajar sin movernos de una butaca… Sin romper el hechizo.

Una de las virtudes de este recital es precisamente que El Amir estaba comodísimo. Se salta incluso esa pausa tradicional en la que el artista abandona el escenario para regresar después y decide continuar porque no quiere romper aquello que tan a gustito nos tenía a todos los presentes.

Llegan las alegrías Punta y tacón, uno de esos palos que, como reconoce el propio guitarrista, no son fáciles de conseguir. Después, una nueva minera, Indalo de Almería, en la que mantiene ese diálogo permanente entre raíz, territorio y memoria.

Hasta que aparece otra historia. Una guitarra también guarda nombres. El Amir presenta entonces Aires de Ferreiro, una rumba que dedica a José Salinas y Almudena Fernández.

Habla de una amistad de décadas y de aquel percusionista y cantaor que, en algún momento, decidió adentrarse también en el mundo de la construcción de guitarras. De ahí surgió un proyecto y, con él, un modelo de guitarra: el modelo El Amir, que esa noche acompaña al artista.

Y pienso que quizá ahí reside otra de las claves de este recital. Y es que detrás de cada guitarra hay nombres, Cada composición te lleva a lugares.Detrás de cada palo hay recuerdos y detrás de cada recuerdo, una emoción llevada al sonido que nos envolvió.

Una nana para quedarse en silencio
Después de haber recorrido Granada, Córdoba, Málaga, Almería y sonidos de ida y vuelta, el final llega con Andalusian Lullaby, una nana con la que El Amir decide terminar el viaje, desde la intimidad… y lo consigue.

La última melodía queda suspendida en la Sala María Cristina y deja a más de uno con los pelos de punta porque esto ha sido mucho más que un recital de guitarra flamenca, ha sido una conversación entre el artista y su instrumento, entre el pasado y el presente, entre los territorios que lo han marcado y las personas que forman parte de su memoria.

Y todo ello sucede en un escenario especialmente apropiado para este viaje. Por eso hago un guiño a La Sala María Cristina, porque tiene algo que no se puede explicar, únicamente con su arquitectura. Su atmósfera te traslada a otro tiempo. Y esa sensación, mezclada con el sonido de la guitarra, termina de construir una experiencia difícil de olvidar.

Los presentes hemos salido de allí pensando que quizá la grandeza de la guitarra flamenca no está únicamente en todo lo que puede hacer como instrumento, sino también en todo lo que pudo hacernos sentir y esa noche, El Amir consiguió algo que solo consiguen los grandes músicos: hacer que seis cuerdas hablaran directamente al alma.

Fotos: Álvaro Cabrera.

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