El catorce de julio de 2006 la asamblea de la Peña Flamenca Torre del Cante, de Alhaurín de la Torre, eligió mi candidatura para presidirla convirtiéndome en la primera mujer en ejercer ese cargo. Hoy, veinte años después, quiero hacer un análisis personal.
La noticia por ser una mujer la que presidiera un lugar que habían dominado (y dominan) varones no podía pasar desapercibida porque implicaba un cambio radical que transformaba la estructura organizativa y social de una entidad masculina como era la peña flamenca. Un dato preciso: cuando votaron la candidatura la peña tenía setenta y cuatro socios y dos socias (la presidenta y la secretaria). Sólo ese dato evidencia la magnitud del impacto de la noticia de la que se vanaglorió, en primer lugar, la propia peña, siempre pionera en tantas cosas y que ahora abanderaba la igualdad.
Analizando cómo se gestó entiendo que, a partes iguales, fue por azar y por necesidad. Por azar porque, aunque había tenido contacto con esta entidad desde siempre por la afición de mi padre (socio y expresidente), ya más mayor y aficionada nunca tuve valor de atravesar la puerta sin una figura masculina al lado. Hasta que un jueves por la noche llegué allí con un grupo de amigos, por gusto. Y así rompí una barrera física invisible: la de la puerta que, haciendo paralelismos con el techo de cristal la llamaría ‘la puerta de cristal’, pues es difícil de franquear si no la atraviesas acompañada, al menos, de un socio. Y luego, auspiciada por el respeto hacia mi padre (sin el cual nunca hubiera ejercido ese cargo porque no me conocían como persona ni mi nivel de compromiso) me propusieron para ser presidenta por una imperiosa necesidad: hacía falta el relevo generacional. Tenía veintiocho años.
El día que atravesé ‘la puerta de cristal’ era mayo de 2006. Por entonces era presidente Antonio Jiménez que, al día siguiente, me pidió, utilizando su natural persuasión (incluyendo visita a mi casa, traslado a mi padre de su idea y seguridad de que me iba a sentir bien) formar parte de su junta directiva, a la que acudí casi obligada al jueves siguiente. Sólo tres meses bastaron para cambiar el rango de socia a presidenta. Aquel fue un paso de gigante en la sociedad flamenca y en la alhaurina.
Como digo, esto partió de la propuesta del entonces presidente, que fue día a día creciendo por momentos de la que se hizo eco el ambiente peñista, que me ofreció calor para ocupar el cargo, animándome en la idea, trasladándome su apoyo hasta el punto en el que di el paso de presentar candidatura. Para cuando me di cuenta estaba totalmente comprometida, metida en esta vorágine.
Ya en los meses anteriores había depositado en mí la confianza suficiente como para hacerme partícipe del jurado del Concurso de Cante Mirando a la Torre. Por ese motivo, me familiaricé con aficionados, observé la organización del concurso y tuve una cómoda estancia. Ello me invitó a reflexionar que quizás no sería mala idea eso de meterme en el lío de la presidencia.
Pero estos cambios no se dan por simple casualidad. La peña estaba, agonizando, entiéndase: en manos de socios fundadores conocedores de todos los recovecos del flamenco habidos y por haber, aficionados que dieron a luz a un festival prestigioso pero que acuciaban un importante desgaste natural y, no sólo eso: sin savia nueva. Ayer y hoy pienso que ese fue el principal detonante de que cincuenta y dos socios depositaran su confianza en mí sin apenas conocerme para tan magno cargo.
Recuerdo que, debido a la singularidad del hecho, tuve que dar respuesta a preguntas que me llegaban desde varios frentes: algunos veían intenciones políticas personales en aquel paso, otros pensaron que me movían intereses profesionales o empresariales y alguno que otro pudo buscar explicación en motivos subrepticios bien teñidos de machismo. He de decir que todas aquellas dudas no hicieron más que fortalecerme. Pero, como el tiempo le da el color, todas se fueron diluyendo y tan sólo me definió una motivación: mi afición al flamenco.
Tras ese primer momento de novedad, había que aterrizar en la realidad y en septiembre empecé con la dinámica habitual: reunión de junta directiva todos los jueves para organizar todos los eventos del calendario anual. Aquello me elevó a un nivel desconocido: conocer a los peñistas y su ilusión perenne de trabajar en pro del flamenco, saber de las dinámicas establecidas no escritas para realizar con éxito los innumerables eventos que se organizan, analizar cómo funciona una organización, sumergirme en la intrahistoria de la peña, poder tomar decisiones importantes, contactar con admirados artistas, conocer a aficionados mayúsculos que bien merecen una cátedra o vivir el arte desde otro prisma.
Fueron dos años de arduo trabajo que exigen estar pendiente de la infinidad de detalles que puede conllevar, detalles que serían merecedores de otro ensayo bien extenso. Detrás de cada recital hay (dependiendo de la magnitud) alguien que lo presenta, luces, sonido, cartel anunciador y difusión, información a socios vía postal (porque hace veinte años las redes sociales estaban recién nacidas), unos artistas que piden determinados elementos que hay que proporcionar, acondicionamiento y embellecimiento del salón y del escenario, colocación de sillas, galardones, trofeo o diploma, incluso puede que un almuerzo, que también hay que prever con la suficiente antelación. Luego llegará el tema de la limpieza, y vuelta a empezar.
Esto conlleva un mayúsculo esfuerzo, fruto de la aportación de muchas personas. La labor de las peñas flamencas tejen redes, unas visibles y otras invisibles, que hacen de nuestra sociedad un bien de incalculable valor y no me refiero a nivel cultural, sino social. Todo, nunca mejor dicho, por amor al arte.
Recuerdo que durante aquellos dos años se acercó mucha juventud a la peña, algo totalmente novedoso y considero que se logró gracias a la identificación que hubo con quien la presidía. Hasta entonces, los socios se habían mantenido agotando una etapa estática en la que se mantenían los fundadores (pesos pesados y referentes) con un marcado desgaste natural. Pero no había llegado gente nueva de otro corte de edad. Era una necesidad imperiosa (yo diría que vital) la llegada de la juventud para trasladar el trabajo realizado y garantizar la continuidad. Y fue así como se produjo el tan anhelado relevo generacional, que los hijos cogiesen el testigo de lo que habían creado los padres.
Paralelamente, y no menos importante, se abrió la veda para que creciera el número de socias. No en vano se hicieron socias casi veinte mujeres de diferentes rangos de edad, algo sin precedentes. Participaron de todas las actividades organizadas.
Se me viene a la cabeza una anécdota que debe ser recordada y es que, en una ocasión, llegó un señor interesado en hablar por el presidente y, al presentarme y tras un rato de charla, insistió nuevamente que dónde estaba el presidente. Aunque le volví a contestar que era yo no daba crédito a que pudiera ser una mujer de veintiocho años la responsable. Incrédulo, no volvió a insistir y, finalmente, se fue.
En este análisis tan personal comparto con vosotros que, de todas las cosas que pude hacer, me quedo con dos: la primera, la propuesta que hice a mi junta directiva de llevar el flamenco a los centros educativos a través de una conferencia ilustrada. Antes del nombramiento del flamenco como Patrimonio de la Humanidad no había en el sistema educativo ni rastro de tratarlo en el currículum. Al contrario, sólo proponerlo a equipos directivos suponía un tratamiento (y hasta un convencimiento) especial: había que vender el flamenco como una fuente de riqueza que debía saber el alumnado, luchando contra los prejuicios que siempre han acompañado a este arte. Hasta entonces, al alumnado sólo llegaba de la mano de docentes aficionados con la ilusión de transmitir el flamenco de forma seria. Sin embargo, la directora del IES Gerald Brenan, un tanto dubitativa (hay que decirlo) la aceptó y se realizó en mayo de 2007. Desde entonces, ésta actividad no sólo se ha seguido celebrando sino que se ha expandido a más centros educativos del municipio. Fue en 2017 cuando publiqué el libro ‘Diez años de flamenco al aula. Una experiencia educativa’, ed. Punto Rojo en el que se recogen todas las actividades realizadas hasta la fecha en el municipio y un estudio estadístico que realicé.
La segunda, el aprendizaje y las vivencias. Lo que del cante me han trasladado los mayores, profundizar en el conocimiento de los estilos, las personas con las que he coincidido, los ratos de cante, las amistades que he hecho, el crecimiento personal que me dio presidir una organización, saber cómo se estructura el festival flamenco más potente de la provincia, organizar los concursos de cante y de guitarra, presentar un recital cuando encartara, expandir mis relaciones sociales, compartir afición, las noches interminables en el rincón del cante, el saber que el sentimiento de este arte atrapa a cualquiera, sentir el duende, atreverme a cantar con guitarra (nivel básico), tratar con artistas o managers, establecer relaciones con otras peñas flamencas, realizar los acuerdos con entidades como el Ayuntamiento o la federación de peñas de Málaga (de la que también formé parte en la junta directiva durante mi presidencia) y cometer muchos errores que me han ayudado a aprender, principalmente, en la vida. En resumen, vivir el flamenco y el profundo entramado que lo estructura.
Hoy, que hago memoria, quiero dar las gracias a todos los que confiaron en mí por darme una oportunidad tan valiosa, a los que me apoyaron y a la junta directiva que me acompañó en aquellos dos años que, como digo, fueron inolvidables para mí. En organizaciones de tal envergadura no se puede navegar sin un equipo, es más, es imposible.
El veintisiete de junio de 2008, a un mes de concluir mi presidencia y en el salón de la Juventud, se inauguró el Monumento a los Socios, dedicado a los fundadores de la peña y del Festival Torre del Cante. Fue una propuesta que hice en la junta directiva y que elevé meses antes al todavía alcalde Joaquín Villanova, que tuvo a bien aceptar pues su disposición siempre ha sido activa y real hacia la peña. Al acto acudieron las autoridades del momento a nivel provincial y el excepcional cantaor Antonio Fernández Díaz Fosforito, socio de honor de mi peña y vecino durante décadas del municipio. Hoy luce en la avenida Isaac Peral.
Fue al finalizar la presidencia cuando observé un fenómeno extraño y es que, después de éste paso de gigante hubo un viraje hacia el lugar de siempre. Y es que, en la junta directiva que siguió no hubo presencia femenina. En las posteriores juntas directivas siempre ha habido lugar para mujeres que han desempeñado diferentes funciones, pero nunca en la presidencia. En la actual junta directiva, tampoco hay una voz femenina que pueda decir o decidir.
Entiendo que hay que tener afición, disposición y tiempo. Por tanto, no es fácil encontrar mujeres que se puedan implicar por diferentes motivos pero siempre hay alguna fórmula para convencer a alguna para que ofrezca, al menos, su opinión y participe de las actividades. Considero que es necesaria su vinculación a la junta directiva que aseguraría una mayor implicación. No en vano somos la mitad de la afición.
Tristemente, veo que aquella consecución ha quedado en algo anecdótico, en un recuerdo lejano, en un tema al que volver y del que vanagloriarse cuando se da la ocasión: «Esta mujer fue la primera presidenta de la peña», escucho en muchas ocasiones en reuniones de aficionados. Ni que decir tiene que siento una gran alegría que me retrotrae a momentos pretéritos aderezada, eso sí, con el amargor de ver cómo veinte años después se convirtió en un hecho que no ha tenido continuidad. Y observo, atónita, cómo el Área de la Mujer de mi municipio nunca se ha pronunciado sobre este hecho sin precedentes históricos que supuso un mayúsculo paso en la aportación femenina al ámbito cultural y social con epicentro en Alhaurín de la Torre cuando, curiosamente, una de sus funciones es visibilizar los avances de mujeres en territorios masculinos por definición.
Aunque en mi peña no ha tenido continuidad este ejemplo sí que se abrió la veda y hoy encontramos con naturalidad a mujeres desempeñando estos cargos de decisión. Es el caso de las peñas del valle del Guadalhorce como las de Ardales, Coín, Álora y Alhaurín el Grande o de otros lugares de la provincia como Rincón de la Victoria, Humilladero o Totalán.
Aquel día en el que celebré el último de los eventos que presidí, marcaría para mí la clausura de una etapa personal de gran importancia que va, irremediablemente unida, a la satisfacción de haber aportado, con el ejemplo, la apertura de nuevos caminos en esta nuestra sociedad. Esa etapa me regaló un sinfín de vivencias y de momentos que siempre me acompañarán
María Donaire Martínez, expresidenta de la Peña Flamenca Torre del Cante de Alhaurín de la Torre.

