Solera de Jerez y enjundia de Málaga

Nano de Jerez, con Eduardo Rebollar.

Ciclo ‘Flamenco viene del sur’. Cante: Virginia Gámez y Nano de Jerez. Guitarras: Curro de María y Eduardo Rebollar. Lugar: Teatro Cánovas de Málaga. Fecha: Miércoles, 2 de mayo. Aforo: Casi lleno.
El ciclo ‘Flamenco viene del sur’ nos deparó, en esta ocasión, un mano a mano entre dos cantaores muy diferentes, pero complementarios: Virginia Gámez, cantaora malagueña que dota a todo lo que canta de mucha enjundia, y Nano de Jerez, que es al flamenco lo que la solera al vino fino de su tierra.

Abrió Gámez por malagueñas, con la guitarra cristalina de Curro de María. Canta despacito, modulando la voz con maestría (no se olvide que es profesora de cante en la Fundación Cristina Heeren de Sevilla y en la Federación Provincial de Peñas Flamencas de Málaga) y sacando a relucir su poderío cuando la ocasión lo requiere; verbigracia, en los abandolaos.
Cantó con sumo gusto y solvencia por bamberas, pellizcando y meciendo la voz con la cadencia característica de este palo, que acuñara La Niña de los Peines. Por cantiñas, también comenzó (como suele hacer Arcángel en sus recitales) muy despacio para, enseguida, acelerar el ritmo para derrochar arte, salero y compás. Dosifica con sapiencia los tonos altos pese a sus tremendas facultades vocales.
 
En la soleá, volvió a pellizcar y a demostrar su maestría, dotando a este cante de mucha enjundia. Pero, fue por bulerías cuando terminó de meterse al público en el bolsillo. Con el toque moderno de De María, la malagueña interpretó con mucho gusto, entre otros, la copla Te lo juro yo o el clásico de Bambino Corazón loco, enhiesta y racial. Emoción a raudales.

Entre los presentes, se hallaban algunos artistas malagueños (la bailaora La Lupi, pareja de Curro de María, las cantaoras Antonia Contreras y Diana Navarro y el cantaor El Tiriri), a quienes dedicó unos fandangos muy sentidos (le imprime una gran sentimentalidad a lo que canta con los tonos bajos), en la despedida.
Por su parte, Nano de Jerez, clásico con mucha solera, que estuvo acompañado a la guitarra por otro clásico de la vieja escuela, Eduardo Rebollar, principió por tangos sobrado de compás. Le dedicó las bulerías por soleá a su tío Tiriri, con quien trabajó muchos años en la Feria de Sevilla. “Pasábamos más tiempo allí que los farolillos”, bromeó. Con frases como “Viva Málaga, la bella” o “Viva el Cautivo” conectó con el respetable sin apenas haber hecho nada aún. Es un maestro de la bulería, aunque sea, en este caso, más reposada, al ser el compás de soleá. El poso que ha dejado el tiempo en él es como el color teja de un vinto tinto gran reserva. 
Pese a su voz ronca, ¡qué bien dice el cante y con qué sapiencia! En los fandangos, que brindó a las mujeres, pese a contener algunas letras políticamente incorrectas, forzó más de lo debido la voz, que le acabó fallando. En la soleá, suplió la merma de facultades con oficio y dijo adiós por bulerías, pataíta final incluida, con mucho ángel. Puro Jerez.

Baile a dúo entre el humor y la muerte

Foto: J. L. Gutiérrez – Museo Picasso Málaga

III Ciclo ‘Flamenco en el Picasso’. Idea original y coreografía: Fernando Romero. Baile: Fernando Romero y José Manuel Buzón. Lugar: Auditorio del Museo Picasso Málaga. Fecha: Viernes, 20 de abril. Aforo: Casi lleno.

Fernando Romero atesora destacados galardones en el terreno del flamenco, como el Vicente Escudero y el Paco Laberinto del Concurso Nacional de Córdoba, y de la danza en general, como el prestigioso Premio Benois, el Óscar de esta disciplina; de hecho, es el primer bailaor en la historia del flamenco al que se le concede.

Con estas credenciales, había expectación por ver el espectáculo que Romero había pergeñado bajo el epígrafe ‘Desplumado’, que se presentaba, atinadamente, como “tragicomedia musical, bailada, cantada y hablada”, en la clausura del III Ciclo de Flamenco en el Museo Picasso de Málaga, que, en esta edición, ha versado sobre el humor y el juego. La crítica e historiadora de danza, Marta Carrasco, disertó previamente sobre el tema de la muerte en las letras flamencas, en las que no siempre se usa como sinónimo de fatalidad, sino también con ironía y sentido del humor.

Dos bailaores flamencos (Romero y José Manuel Buzón) representan una obra teatral con la danza como elemento central, que, en ocasiones, es puramente flamenca, si bien, cuando bailan otras músicas, deriva hacia la contemporánea. Debe entenderse como una necesidad expresiva del artista y, al tiempo, de abrirse a nuevos públicos, con gustos más eclécticos. 

Arranca el montaje con Buzón en la piel de un bailaor frustrado, preso de su angustia existencial, que ofrece un monólogo autobiográfico salpicado de humor, que le conduce inexorablemente al suicidio. Pero, hete aquí, que se le presenta la muerte (encarnada por Romero), con la que entabla un diálogo, en sentido literal, primero, y con el baile, después. La música enlatada no le resta un ápice de originalidad y autenticidad a la propuesta, que incluye textos de Woody Allen, Roberto Juarroz y Manuela Nogales, así como música de Jesús Torres, Tom Waits, Vangelis Boudounis, Stravinsky, Béla Bartok y el Mississippi Singer Quartet.

A medida que avanza la obra, entre intentos infructuosos de suicidio del protagonista y algún intento de asesinato por parte de la muerte, ambos se intercambian los papeles a la hora de cantar, bailar y monologar. Buzón se revela como un estupendo bailaor y bailarín, si bien Romero, cuando baila, pontifica; pleno de talento, transmite una tremenda seguridad.

La muerte, vestida de negro riguroso, reflexiona, en uno de sus monólogos, sobre el ser humano y su paso por este mundo, palabras que estremecen al respetable, que encuentra en el protagonista el contrapunto humorístico. Cuando éste despierta, entre delirios de grandeza, de su enésimo intento de suicidio, el personaje encarnado por Buzón tiene un momento de lucidez: “Si a mí lo que me gusta es bailar y que me canten despacito”. Baila con mucho ángel unas bulerías grabadas con palmas y sin guitarra. Se despiden entre los calurosos aplausos de la concurrencia, que supo digerir este baile a dúo entre el humor y la muerte.

 

Una voz joven con ecos añejos

Cante: Rosario ‘La Tremendita’. Guitarra: Salvador Gutiérrez. Ciclo: ‘Flamenco Viene del Sur’. Lugar: Teatro Cánovas de Málaga. Fecha: Miércoles, 11 de abril. Aforo: Media entrada.

Hay cantaores actuales, como subrayaba recientemente Miguel Poveda, que pretenden ser tan rancios como los de antaño. No es el caso de Rosario ‘La Tremendita’, pues en ella los ecos añejos no son impostados, sino algo que brota de forma natural, como pudimos comprobar en su recital en el Teatro Cánovas de Málaga.
Abrió por malagueñas (cuando tenía previsto hacerlo por granaínas), en un claro guiño a la afición local, pues, según aseguró, le gusta mucho Málaga, “donde tengo muchos amigos y familia”. Curiosamente, no las remató con el clásico abandolao. Salvador Gutiérrez, que le acompañaba a la guitarra, ofreció una brillante falseta.
Prosiguió con ‘Aires de Triana’, polo incluido en su primer disco (‘A tiempo’) -está a punto de ver la luz su segundo álbum- con mucho sabor y ecos añejos. En la milonga, homenajeó a Marchena. Es un cante que, al igual que la guajira, que también interpretó, se ajusta como un guante a su voz y a su querencia por la melodía. Gutiérrez, sutil, contenido, supo darle su sitio a la cantaora. Como curiosidad, llevaba una guitarra de reserva, algo poco habitual en otros colegas.
Por soleá (no se olvide que procede de Triana, cuna de este palo), se dejó el alma en cada tercio. Se nota que es uno de sus cantes bandera. Fueron una delicia las bulerías dedicadas a su bisabuela (‘Enriqueta la Pescaera’), para las que contó, en el disco, con el compás del zapateado de la bailaora Rocío Molina; en esta ocasión, lo marca el guitarrista con los nudillos en la sonanta. ¡Cuánto arte, compás y transmisión!
Por seguiriyas, se mostró doliente y con la carga de profundidad requerida. Sin tener una voz poderosa, arrostró la cabal sin ambages. Confiesa, en un momento dado, que está melancólica y que, por tal motivo, ha cantado por soleá y seguiriyas, con lo que sigue alterando el programa previsto. Pareció mejorar su estado anímico, pues también hubo lugar para cantes festeros, en el último tramo del recital: alegrías, en las que pellizcó con compás; tangos del Chaqueta, en que se mostró respetuosa con la tradición, si bien aporta su peculiar estilo y personalidad; y, en el adiós, bulerías, nuevamente. En agradecimiento a los calurosos aplausos recibidos, ofreció, enhiesta, una vieja copla, bella y emotiva, que le cantaba su abuela. 

Poveda apabulla en el estreno de ‘ArteSano’

Poveda, con José Quevedo ‘Bolita’, a la guitarra.

Cante: Miguel Poveda. Guitarra: Manuel Parrilla, José Quevedo ‘Bolita’ y Jesús Guerrero. Compás: Luis Cantarote, Carlos Grilo y El Londro. Percusión: Perico Navarro y Antonio Coronel. Baile: La Lupi. Lugar: Auditórium Club de Málaga. Fecha: Sábado, 24 de marzo. Aforo: Lleno.
Miguel Poveda se ha ganado a pulso el primer puesto del escalafón flamenco y, como hiciera en su día José Mercé, logró llevar su arte a las masas con su anterior disco, ‘Coplas del querer’, con el que alcanzó el disco de platino. Pero, él, no se olvide, es ante todo flamenco, y así lo demostró en el Auditórium Club de Málaga, en la presentación de su nuevo álbum, ‘ArteSano’, que, curiosamente, verá la luz tres días después, el 27 de marzo.
Siempre he mantenido que los grandes de la música en general, y del flamenco en particular, se suelen rodear de los mejores. Y Poveda no es una excepción. Acudió a la cita con tres palmeros (entre ellos, el cantaor El Londro), tres guitarristas (que se alternaban en el escenario) y dos percusionistas. Hizo un recorrido por los cantes recogidos en ‘ArteSano’: tientos de Pastora, muy sentidos; fandangos por soleá, una exquisitez en la que pellizcó, con los palmeros marcando el compás con los nudillos, a la antigua usanza; soleá apolá, con hondura y letra propia; malagueñas de La Peñaranda, con una salida muy sentida y aplaudida, que remató con un fandango de Lucena…
En las alegrías, con imágenes marinas de fondo, se incorpora La Lupi, bailaora local, maestra de Rocío Molina, que maneja con maestría la bata de cola. Conforman una de las instantáneas de la noche. Derroche de arte, que continuó con el ritmo bailable, festero y contagioso de Qué disparate, bulerías de Cádiz que constituyen el primer single de su nuevo disco, en el que colabora su maestro Rancapino.
Así seguirá alternando momentos luminosos con otros sombríos, como la minera que le dedica a Pencho Cros, también con letra propia. La versión de La ruiseñora (por bulerías), de Rafael de León, es tan flamenca que resulta difícil no emocionarse. Poveda se toma un mínimo descanso para que La Lupi baile con castañuelas unos verdiales incluidos en su espectáculo ‘Yo, conmigo misma’, rodeada de palmeros y violín. Vuelve, con Parrilla a la guitarra, por seguiriyas a luz de las velas dibujadas en el escenario. Es capaz de emocionar a los presentes (se muestra portentoso al rematar la cabal) pese al ruido generado por el trasiego de personas que, al fondo, van y vienen a la barra y a los servicios.
En los tangos del Titi, con la imagen del puente de Triana de fondo, La Lupi vuelve por sus fueros, rotunda, genuina, elegante, con pataíta de él incluida. Ofrece, acto seguido, unas sevillanas tremendamente flamencas, con letra de Isidro Muñoz, en la que La Lupi exhibe destellos de su arte. También las alegrías (Serafino), que ha grabado en el disco con Paco de Lucía, las firma Muñoz. Las define como “muy sanluqueñas” y las interpreta con la frescura de lo nuevo, junto a Manuel Parrilla y Jesús Guerrero, que también son extraordinarios guitarristas. Con las bulerías de Jerez, se alcanza el momento cumbre, pataíta final incluida. Emoción y compás a raudales.
De la fiesta a la quietud de la nana, con el braceo de La Lupi desde una silla a la que vuelve al final de la pieza. Una delicia. Se permite la licencia de felicitar cantando a una fan y se marca otra pataíta, que precede a unos cuplés por bulerías en los que La Lupi ofrece otra pincelada de su arte. En un momento dado, cede el testigo del cante a El Londro para darle la réplica a la bailaora malagueña.
Por último, propone un trato al respetable, consistente en “cantar hasta que desfallezca”, a cambio de no atender sus requerimientos tras el concierto. Hay que recordar que es su primera actuación tras el reciente fallecimiento de su padre. Así y todo, completó las dos horas de recital con Esos cuatro capotes, A ciegas (con el público, que abarrotaba el recinto, totalmente entregado) y Alfileres de colores, con un guiño a Málaga, como guinda. Por ello, no exagero si digo que apabulló.

Un maestro y una figura en ciernes

José de la Tomasa y Eduardo Rebollar.

Ciclo ‘Flamenco Viene del Sur’ – Teatro Cánovas (Málaga) 21/3/12

Uno (José de la Tomasa) es un maestro de este difícil arte en tanto que el otro (Guillermo Cano) demostró, en el malagueño Teatro Cánovas, que es una figura en ciernes. Ambos lograron el aplauso y el reconocimiento de los presentes.
Abrió el recital el onubense con una milonga. Su voz atesora ecos añejos y, además, transmite, con lo que posee los mimbres idóneos para triunfar en este arte. No se olvide que ha ganado destacados galardones a lo largo de su trayectoria, verbigracia, varios premios en el prestigioso Festival de Cante de las Minas de La Unión. Estuvo muy bien secundado, a la guitarra, por Antonio Carrión, un clásico de la vieja escuela que aúna oficio y sentimiento; y por los hermanos trianeros Javi y Ana Mari González, a las palmas.
Alteró el programa previsto al interpretar unas alegrías con mucho compás, ligando los tercios con sapiencia, con el apoyo de la guitarra salinera de Carrión. Pellizcó en la soleá, estuvo excelso en la seguiriya y brillante en los tangos, con guiños a Mairena y a Camarón. Le dedicó a las señoras unos deliciosos cuplés por bulerías, entre ellos, ‘Ay pena, penita, pena’ y, enhiesto, unas sentidas letras taurinas y de temática amorosa. Aún habría de deleitar a los asistentes con unos fandangos muy emotivos, en la despedida. Quizá el único pero a su actuación sea en que se alargó en demasía, si tenemos en cuenta que eran dos los cantaores previstos. Pese a todo, cautivó a los asistentes y dejó un grato recuerdo.
Con José de la Tomasa, no hubo sorpresas, aunque también alteró el programa previsto. Es, como ya he dicho anteriormente, un maestro del cante, y lo refrendó en los seis palos que abordó. Por malagueñas, como hiciera hace unos meses, en el ciclo ‘Flamenco en el Picasso’, le dedicó una letra a la tierra que pisaba: “Málaga, uvitas dulces…”, que remató con el clásico abandolao. Al toque, otro clásico de la vieja escuela, Eduardo Rebollar, que se compenetra a la perfección con el cantaor sevillano.
En la soleá, recordó que “hay quien tiene boca para decirla y quien no”. A él le sobran facultades, conocimiento y transmisión. Ofreció unos fandangos (“el teléfono del pueblo”) muy sentidos, también con letras propias, y estuvo inmenso en las seguiriyas (“el himno oficial de mi familia –es hijo de Pies Plomo y sobrino-nieto de Manuel Torre-; cante con telarañas”). Prosiguió por bulerías, que introdujo con esta bella frase: “El que nace cantaor lleva un caballo en las venas y espinas en el corazón”.
Da gusto ver a dos artistas con la sonrisa satisfecha (se nota que disfrutan sobre el escenario) por ofrecer cante y toque bien hechos. Curiosamente, para la despedida, De la Tomasa se decantó por un martinete, cante a palo seco, en lugar de un palo festero. Genio y figura…

Niño de Pura, portentoso y exquisito

Foto: J. L. Gutiérrez – Museo Picasso Málaga

III Ciclo ‘Flamenco en el Picasso’ – Málaga. 16/3/2012

Fernando Iwasaki, director de la Fundación Cristina Heeren de Sevilla, presentó el acto, el cuarto del ciclo ‘Flamenco en el Picasso’, dedicado esta temporada al humor y al juego, que introdujo bajo el epígrafe ‘Danié er travieso’, en referencia a la forma de tocar de Daniel Navarro, Niño de Pura para el flamenco, que definió como “traviesa”, por saltarse, en ocasiones, las reglas del juego. Puso como ejemplo que la solemnidad de la seguiriya se puede subvertir en una cabal con aires de guajira. De Pura, también profesor en la prestigiosa fundación, fue niño prodigio y con tan sólo doce años, “lo mandaron a trabajar disfrutando o jugar trabajando, con Manolo Sanlúcar“.
Con la sola compañía de su guitarra, deleitó al respetable con una bellísima pieza por tarantas, con la que demostró su solvencia como concertista. Es, además, un extraordinario guitarrista de acompañamiento, como pudimos comprobar en la pasada edición del ciclo ‘Flamenco viene del Sur’, en el malagueño Teatro Cánovas, en que le tocó a Churumbaque Hijo. No se olvide que también acompañó, otrora, a Juanito Valderrama y, actualmente, a Pansequito y a Aurora Vargas.

En las alegrías, que dedicó al público, se incorpora el resto del cuadro (Agustín Henke, al cajón; Pura, su hija, al cante; y su esposa, al compás). Es un virtuoso que siente el toque en lo más profundo de su alma. Tiene, por tanto, un absoluto dominio de la técnica, no exento de emoción. Es Pura una jovencísima cantaora con pellizco, que apunta maneras de estupenda intérprete en ciernes; un diamante por pulir, una grata sorpresa, un feliz descubrimiento.

Por guajiras, se luce con una bella composición propia, fija en su repertorio en directo. Prosigue por granaína y media granaína, en la que arropa con la guitarra el cante de su prometedora hija, que sorprende gratamente en la media.
Cuando arrostra las bulerías, el ritmo se vuelve vertiginoso; un auténtico prodigio, sin olvidar el gusto por la melodía y los matices. Portentoso, hiperrítmico y exquisito.

Se despidió con unos enjundiosos fandangos de Huelva, que también son fijos en sus recitales, momento que aprovechó para presentar, entre bromas, a sus acompañantes: su mujer (“Tiene mucho compás”), su hija (“Va a ser una buena cantaora”) y el citado Henke.

Ante el caluroso aplauso de los asistentes, ofreció unos abandolaos, en una gran exhibición final. Espectacular. El público, rendido a sus pies, acabó puesto en pie.

Arcángel, tradición y vanguardia

Ciclo ‘Andalucía, territorio flamenco’ – Marbella (Málaga) 2/3/12
La segunda cita del ciclo marbellí ‘Andalucía, territorio flamenco’ era con uno de los primeros espadas del cante actual, el onubense Arcángel, que ofreció, como viene siendo habitual en los últimos tiempos, un recital ortodoxo, respetuoso con la tradición, aunque a veces alargue los tercios a voluntad y le dé su sello a determinados cantes. Hay que mencionar, eso sí, una novedad con respecto a otras ocasiones. Tras despedirse con una fuerte ovación del público, regresó al escenario para ofrecer un número final vanguardista, al más puro estilo Morente. Con un artilugio que le permitía grabar los sonidos que generaba, registró el compás con las palmas y el cajón, así como los coros que luego utilizaba para acompañarse a sí mismo, logrando una bella y mágica composición, que lastimaba, por carceleras y zambra (La Salvaora).
Abrió por malagueñas del Mellizo, en un guiño a la tierra que pisaba, con pellizco y perfectamente secundado, al toque, por el gran Miguel Ángel Cortés, soberbio, sutil, clásico y contemporáneo, como el onubense. Las remató con los clásicos abandolaos (entre ellos, una bellísima rondeña), en otra exhibición vocal, con la que arrancó aplausos antes de terminar.
Se mostró cadencioso, como nos tiene acostumbrados, en la soleá apolá y muy sentido en los fandangos naturales (en homenaje a Camarón y a Caracol), que fueron muy aplaudidos.
Sobresaliente Cortés en la seguiriya, entre los olés de la concurrencia. Quejío amargo, sonidos negros del flamenco. Momento culmen. Monumento a la seguiriya en homenaje a los clásicos. A quienes lo critican por buscar nuevos caminos, en esta ocasión, ofreció pureza y ortodoxia.
Un solo de guitarra por cantiñas, con los palmeros (Antonio y Manuel Saavedra, ‘Los Mellis’) y la percusión (Agustín Diassera), precedió a otro de los homenajes al ronco del Albaicín. Sin la sonanta, rodeado por palmeros y percusionista, todos enhiestos, Arcángel aborda unas bulerías a capella, a la morentiana usanza. Bello y sentido momento, que remata con La bien pagá, con la que se metió al público en el bolsillo.
Excelso en los tangos, ofreció unas alegrías, como en él es costumbre, casi susurradas, con la guitarra a modo de bajo, buena prueba de que para cantar bien no hace falta gritar. Belleza y mucho compás. El onubense, amén de ser una primera figura del cante actual, se está convirtiendo en un clásico a su edad. Muy aplaudido, aún no había saludado y aprovechó para reivindicar el papel del flamenco en el mundo actual. Se despidió por fandangos de su tierra, con Toronjo en el recuerdo.

La Moneta, torbellino de emociones

Ciclo ‘Andalucía, territorio flamenco’ – Marbella (Málaga) 28/2/12
Abría el ciclo ‘Andalucía, territorio flamenco’, creado en la localidad malagueña de Marbella en torno al día de esta comunidad autónoma, con vocación de permanencia en el calendario jondo. Y para ello, presentaba un espectáculo (‘Extremo jondo’) exento de banalidades, cuyo formato no puede ser más flamenco: cantaor (David ‘El Galli’), guitarrista (Luis Mariano), percusión (Miguel ‘El Cheyenne’) y bailaora (La Moneta). Curiosamente, la granadina cede el protagonismo en este espectáculo al cante, si bien, como ella misma ha afirmado en alguna ocasión, lo baila casi todo y ¡de qué manera!
Abrió El Galli, cantaor con enjundia, por soleá, en una breve introducción, con todos en pie, efectiva y efectista. A continuación, abordó con pellizco la caña. La Moneta maneja el mantón con suma soltura y elegancia. Es una bailaora de raza, temperamental y con mucha personalidad. Su baile destila pureza y contemporaneidad a un tiempo; formas nuevas con el máximo respeto a la tradición. No en vano el formato no puede ser más flamenco, como ya he comentado anteriormente. Pese a su juventud, ha alcanzado un alto grado de madurez en la expresión de su baile, lleno de matices.
Por alegrías, sobrada de compás, es un torbellino. Pasa del cero, punta tacón, al infinito, remolino de emociones, en cuestión de segundos. Se muestra impetuosa, vehemente, genial. Los palos se suceden sin pausa, con el cante como protagonista. Turno para los abandolaos (entre ellos, cómo no, el fandango de Frasquito Yerbabuena) con el que alcanza un momento álgido, muy lucido.
Luis Mariano, estupendo guitarrista, virtuoso que transmite, se luce por Levante. La Moneta baila despacio. Momento intimista y de singular belleza, en el que el tiempo parece detenerse. Tras una bellísima falseta, El Galli canta con profundidad y sentimiento, mientras la granadina se cambia. Vuelve por bulerías y ¡con qué flamencura! No se puede bailar más gitano. Para, templa y manda, como el mismísimo Belmonte.
En las seguiriyas, cantaor y bailaora frente a frente y un escalofrío. El Galli canta ahora por tientos y, en la transición a los tangos, se incorpora La Moneta, que hace un monumento con este palo (especialmente en la variante de su tierra), una de sus señas de identidad. Ha conquistado al público, que aplaude enhiesto. El espectáculo se nos ha pasado en un suspiro. Hay ganas de más, aunque, como diría Gracián, “lo bueno, si breve, dos veces bueno”.

Teatro flamenco con humor y buen gusto


Compañía: Choni & Cía Flamenca. Baile: Asunción Pérez ‘Choni’. Actor: Juanjo Macías. Cante: Alicia Acuña. Guitarra: Raúl Cantizano. Lugar: Teatro de Las Lagunas (Mijas). Fecha: 24 de febrero. Aforo: Dos tercios.
Tuve ocasión de ver, recientemente, a Choni & Cia Flamenca en el auditorio del Museo Picasso de Málaga, con un espectáculo (‘Flamenco tratado’) inspirado en el que nos ocupa (‘La gloria de mi mare’), si bien fue una versión reducida y adaptada. En este caso, se trata de una obra teatral con el baile y el humor como elementos centrales, ambientada en la época de los cafés cantantes.

De entrada, suena la copla La niña de puerta oscura. La madre de la artista (Juanjo Macías) hace playback mientras la hija (Choni) se viste al trasluz. Tiene, por tanto, más peso lo teatral; verbigracia, la protagonista se viste y desviste en el escenario.

Por guajiras, la bailaora sevillana ha cambiado el abanico que utilizaba en el Picasso por un quitasol. Se muestra cándida, con gracia y donaire. En las seguiriyas, con bata de cola y castañuelas, se muestra profunda y sentida. La solemnidad propia de este palo se ve alterada por la irrupción en escena de la madre. Entre carcajadas, uno se estremece con el pellizco de Alicia Acuña. Apoteósico remate por bulerías.

Macías hace guiños humorísticos a algunos críticos flamencos o de danza, caso de Marta Carrasco (ABC) y Manuel Bohórquez (El Correo de Andalucía), y a compañeros de profesión de Choni, como Rubén Olmo.

Choni, ataviada con mantón, baila con solvencia la caña. Domina la técnica, tiene arte y transmite. En las bulerías, le aplauden cada desplante. Macías permite, con su monólogo, que el cuadro flamenco se tome un descanso y, acto seguido, interpreta unos tanguillos con Raúl Cantizano a la guitarra.

Vuelve Choni, descalza, para la zambra. En este caso, a diferencia de en el Picasso, más flamenca, menos exótica. Suena preciosa La niña de fuego en la voz de Acuña, con Caracol en el recuerdo y Cantizano, a la guitarra, siempre eficaz, y con vis cómica. Acuña, ahora de pie, se convierte, por unos momentos, en la protagonista. Llena el escenario con su bata de cola y derrocha arte y salero, pero entra en escena Choni, también con este traje de flamenca, y se produce un duelo por alegrías. La madre, contrapunto humorístico, también aparece con bata de cola.

Seguidamente, Macías canta unas sevillanas corraleras. Y de la comedia, al drama. Acuña entona una copla por el fallecimiento de la madre de la artista, en la que destaca su estupenda modulación de voz, con la que te encoge el corazón. Choni & Cia Flamenca  demuestran que el teatro y el flamenco no sólo no están reñidos sino que casan a la perfección, siempre que se haga con talento y buen gusto, como es el caso.

La pureza y elegancia de Antonio El Pipa

Daniel Pérez – Teatro Cervantes


Antonio El Pipa
es una de las grandes figuras del baile flamenco actual, algo constatable en cualquiera de sus espectáculos, como el que presentó en el malagueño Teatro Cervantes, Danzacalí, con el que cosechó un largo y calurosísimo aplauso final.
El jerezano, apegado a la tradición, rindió homenaje a los gitanos con una propuesta un tanto edulcorada, si bien nada pretenciosa, en la que su principal virtud reside en la aparente sencillez. Hace fácil lo difícil, algo propio de los grandes de cualquier disciplina.
Ataviado como un bandolero, arrostra la rondeña. Pureza y elegancia. Sus apariciones en escena se alternan con números de baile de su jovencísima compañía, con dos subalternos que prometen, Isaac Tovar y Macarena Ramírez. Ella baila por alegrías con mucha personalidad, pese a su corta edad. Ora pujante, ora contenida, según lo requiera la situación.
Por tientos-tangos, El Pipa se rodea de dos cantaores veteranos en el cante pa trás, Mara Rey, de voz recia y quejumbrosa, y Morenito de Íllora, con una voz flamenquísima. El del barrio Santiago se recrea en una de sus señas de identidad, el braceo, y arranca aplausos en cada desplante. Rey apunta los tangos de La Repompa, en un claro guiño a los aficionados malagueños. Emocionante y bello momento en el que El Pipa y Mara Rey se funden en uno.

De nuevo en escena, Tovar y Ramírez bailan una farruca, un paso a dos que inician desde el suelo, en una composición de gran belleza y sensualidad, con la luna como fondo. El ritmo del espectáculo es ágil, lo cual es un acierto, ya que el espectador no se aburre en ningún momento.

Mara Rey, con voz telúrica y desgarrada, entona una plegaria jonda. El Pipa le da la réplica con duende. Hacen creer al descreído. Sigue la temática religiosa y la compañía, con castañuelas, interpreta un villancico.

Llega el momento más solemne de la actuación. Morenito de Íllora canta por martinetes, con El Pipa en una silla. Momento estremecedor y de gran profundidad. Sólo hay que tener sangre en las venas para sentir un escalofrío. Acto seguido, baila, con mucho sentimiento y hondura, mientras le marcan el compás con cuatro bastones. En la seguiriya, el quejío abisal de Morenito se encuentra con la inspiración de El Pipa. Momento álgido, de gran emoción y belleza.     

La compañía baila por tangos, algo descafeinados, al tratarse de música enlatada. Pero, llegan las bulerías, con sabor a Jerez y su punto de humor, no en vano teatralizan la detención de unos carteristas y hasta los policías acaban dándose una pataíta

Por soleá, El Pipa se recrea, majestuoso, apenas hace uso del zapateado y marca el compás con los dedos. Morenito y el jerezano vuelven a confluir, con la emoción a flor de piel. Es un baile elegante y con matices, emocionado y emocionante, al filo del escenario, lugar en el que reclama la presencia de Morenito. Momento culmen.

Curiosamente, elige para la despedida la alboreá, palo asociado a las bodas gitanas. Los novios, sus subalternos, se visten en el escenario y protagonizan, a continuación, un fin de fiesta por bulerías. Largo y calurosísimo aplauso final, recompensado con un bis por bulerías.