Entrevista a Virginia Gámez

 Como muestra de la ‘Málaga cantaora’ de Manuel Machado, un botón, Virginia Gámez Gil (Málaga, 1978), cantaora de voz portentosa y precoz en la consecución de metas, no en vano alcanzó la final del prestigioso Concurso de Cante de Las Minas, en La Unión (Murcia) , con sólo trece primaveras. Siete años más tarde, se reivindicó en un recital de casi cuatro horas en el que interpretó 35 palos del flamenco. Canal Sur TV, en homenaje, le dedicó un programa de ‘Senderos de gloria’. Compagina sus actuaciones con su labor como profesora y directora del taller de cante de la Federación Malagueña de Peñas Flamencas. También ejerce su magisterio en la Fundación Cristina Heeren. Naranjito de Triana fue uno de sus maestros. Hay un rasgo de tu biografía que destaca sobremanera, tu precocidad. Fuiste finalista del Concurso de Cante de Las Minas, el más prestigioso del flamenco, en La Unión, con tan solo trece años. 
¿Cómo viviste algo así, tan grande, a tan corta edad?
Tú lo has dicho, algo muy grande. Me impresionó muchísimo estar en la final del Cante de Las Minas a tan corta edad, rodeada de tan buenos artistas y en un lugar tan emblemático y con tanta enjundia y solera como es el mercado de La Unión, una experiencia inolvidable.
Suele citarse al flamencólogo José Baena como tu primer maestro. ¿Qué aprendiste de él?
De Baena, lo aprendí todo. Lo conocí con doce años y ha sido la persona que me ha enseñado a amar y respetar el cante; personas como él no las ha habido ni las habrá, un señor de los pies a la cabeza. Le estaré agradecida toda mi vida, a él y a su familia, por lo que han hecho conmigo.

Con veinte años, ofreció un recital de casi cuatro horas: “Era una forma de gritar al mundo mi afición”

En junio del 99, con veinte años y tras ganar innumerables premios, interpretas 35 palos del flamenco en el malagueño teatro Alameda, en un recital de casi cuatro horas de duración. ¿Cómo surgió aquello?
La idea surgió de mi maestro, Pepe Baena. Nos lo propuso a mí y a mi padre y nos pusimos manos a la obra. Era como una forma de gritar al mundo mi afición, mis ganas y mi amor al flamenco, un reto en toda regla, una locura… Pero, gracias a Dios, salió todo muy bien. Fueron cuatro horas menos diez minutos de espectáculo, donde tenía a todo el mundo con el alma en vilo, porque la responsabilidad era enorme, pero salió todo a la perfección y eso me abrió muchas puertas, y mi nombre, poco a poco, fue sonando.
A lo largo de tu trayectoria, has participado en numerosos festivales, en los que has compartido cartel, entre otros, con: José Mercé, Calixto Sánchez, José Menese, José de la Tomasa, Fosforito, Carmen Linares, Niña de la Puebla, Juanito Valderrama, Chano Lobato… ¿Alguno de ellos te impresionó especialmente al conocerlo en persona? ¿Podrías compartir con nosotros alguna anécdota?
Me impresionó conocerlos a todos. Me quedaba embelesada mirándolos y no me atrevía ni a acercarme del respeto que me causaban y me siguen causando. Ten en cuenta que yo iba con mi padre de la mano, cuando era pequeña, a escucharlos a los festivales que se hacían en la provincia de Málaga; y de admirarlos tanto desde el público a sentirlos cerca, el cuerpo me temblaba. Todos se portaban maravillosamente conmigo y me daban muchos ánimos. De todos tengo algo que contar, pero recuerdo con especial cariño cuando Chano Lobato me dijo: “Sobrina”. Fui a mi padre a contárselo corriendo con una gran ilusión.

También has actuado en el extranjero: en Tánger, Suiza, Bruselas, Innsbruck (Austria), donde representaste a España en el Festival Internacional de Voces en el 99; en el Instituto Cervantes de Manchester; en Tel Aviv, con la compañía de Rafael Campallo; y en Cuba, en la primera misa flamenca que se celebró en la catedral de La Habana. ¿Cómo sienten el flamenco en esas latitudes? Me imagino que la misa flamenca en tierras cubanas debió de ser para ti una experiencia única.

El flamenco en el extranjero, aunque no lo parezca, se siente muchísimo. La gente es encantadora y muy respetuosa. Yo, gracias a Dios, las veces que he salido fuera me he sentido muy arropada y querida. El flamenco es universal, gusta en todos lados. Y la misa en La Catedral de la Habana, algo impresionante. La verdad es que me siento una persona afortunada; he tenido unas experiencias inolvidables gracias al flamenco.

¿Cómo fue tu experiencia en la prestigiosa Fundación Cristina Heeren de Arte Flamenco, primero como alumna y luego como profesora?

Guardo muy buenos recuerdos, es una de las mejores cosas que me han pasado en la vida. Aprendí tanto en el terreno personal como en el profesional, y conocí a dos de los artistas más admirados por mí: José de la Tomasa y Naranjito de Triana. Cuando entré en sus clases, no me lo podía creer. No podía ni abrir la boca de los nervios que sentía. Tuve la suerte también de estar al lado de artistas tan grandes como Manolo Soler, Milagros Mengíbar, Paco Taranto, etc. Primero, estuve un año de becaria y, al segundo, pasé a ser profesora de apoyo y, después, profesora. Le debo muchísimo también a la Fundación por darme el privilegio y la oportunidad de estar allí. Si Dios quiere, para enero, vuelvo a dar un curso de tres meses.

La cantaora onubense Rocío Márquez, lámpara minera en 2008, se formó en dicha Fundación, donde asegura que aprendió muchísimo de maestros como José de la Tomasa y Paco Taranto, pero también de gente joven como tú, Sonia Miranda, Vicente Gelo y Javi Rivera. “Tenemos la idea de que hay que aprender de personas mayores, pero, a mí, estas personas me han enseñado muchísimo y sólo tenían unos pocos años más que yo. Les estoy muy agradecida”. ¿Qué piensas cuando alguien como ella dice esas cosas de ti?

Uf, es algo inexplicable. ¡Qué linda es! Recuerdo perfectamente esa entrevista que le hicieron a Rocío. De hecho, la llamé para agradecerle su deferencia hacia mí. Es muy grato poder aportarle algo a alguien; y si, al cabo de los años, esa persona lo recuerda y te lo agradece, es una de las cosas más bellas que puede hacer el ser humano. Cosas como estás hacen grandes a las personas y al flamenco.

Has participado tanto en la Bienal de Sevilla (en la compañía de Rafael Campallo) como en Málaga en Flamenco (Bienal de Málaga), en un espectáculo dirigido por Calixto Sánchez. ¿Cuál es tu opinión sobre ambas bienales?

Siempre en positivo, es un escaparate indiscutible para poder expresar nuestras ideas, formas y sentimientos. Ambos acontecimientos no deberían perderse nunca. Dios quiera que sigamos teniendo el mismo apoyo de las instituciones durante muchísimos años.

Actualmente, compaginas tus actuaciones con tu labor como profesora y directora del taller de cante en la Federación Malagueña de Peñas Flamencas. ¿Cómo ves a las nuevas generaciones de cantaores?

Hay una nueva oleada de cantaores y cantaoras en Málaga que va a dar que hablar. Se está creando muy buena afición, no sólo a nivel de cante, sino a nivel de baile. Susana Lupiáñez, ‘La Lupi’, está formando a bailaores y bailaoras que, el día de mañana, van a ser un referente en el baile, igual que lo es ella. Estamos muy contentos con la labor que estamos haciendo, y todo ello gracias siempre a la Diputación Provincial, que nos presta año tras año su apoyo, y gracias también a la lucha incansable de la Federación Malagueña de Peñas Flamencas.

En tu repertorio en directo sueles incluir una preciosa versión de ‘Mediterráneo’, de Serrat, por bulerías. ¿Cómo se te ocurrió adaptar ese clásico al flamenco?

Gracias a mi padre, que siempre ha sido un enamorado de Serrat y me lo ha inculcado a mí. Nos gustaba a los dos ese tema y lo versionamos por bulerías. A mí me encanta cantarlo y es un tema muy especial para mí.

“Naranjito de Triana ha sido y es un referente en mi vida, un ser excepcional y un artista inigualable”

Uno de tus palos bandera es la petenera, denostada por algunos, al atribuirle mal fario, pese a su gran belleza. ¿No será, como piensan otros, que se interpreta poco por su gran dificultad?
Has dado en el clavo, yo pienso lo mismo. La petenera no trae mala suerte ni mucho menos; la suerte de cada uno está echada y la petenera no tiene nada que ver ahí. Ese bulo de la mala suerte, en mi opinión, se creó para, así, no cantarla, por la gran dificultad que entraña el cante, uno de los más bellos que se haya podido crear.
Recientemente, estuviste en el programa ‘Mira la vida’, de Canal Sur TV, defendiendo la candidatura del flamenco para que sea inscrito en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de la UNESCO. Hace cinco años, hubo un primer intento fallido. ¿Crees que se logrará en esta ocasión?
Creo, espero y deseo. Beneficiaría mucho a nuestro arte y supondría, por parte de la Junta de Andalucía, que es la institución que propone la candidatura, la obligación, aún más si cabe, de salvaguardar y proteger nuestro arte.
Acabas de volver de una minigira por Valladolid, Salamanca y Zamora. Te acompañaban el guitarrista Rubén Levaniegos y el crítico Manuel Bohórquez, quien asegura haberte descubierto en este viaje y que lograste emocionarlo con “unas granaínas bellísimas y unas soleares trianeras que me devolvieron por un instante a mi entrañable amigo Naranjito de Triana, cantaor al que Virginia venera y recuerda con su voz”. Bonito elogio, ¿no te parece? ¿Qué recuerdos tienes de Naranjito, al que tuviste como profesor?
Un elogio bello, sí señor. Me ha encantado conocer más detenidamente a Manuel Bohórquez; hemos compartido muy buenas charlas de cante y de risas. Me encanta escucharlo; se aprende muchísimo con él y eso me fascina. Es una bellísima persona y le estaré siempre agradecida. Y de Naranjito, ¿qué te puedo decir? Ha sido y es un referente en mi vida, un ser excepcional y un artista inigualable, amigo de sus amigos, respetuoso al máximo y con una sabiduría e inteligencia extremas. Tuve la suerte de hablar mucho con él y era un ser entrañable. Le debo parte de mi afición y de mi amor al flamenco.
¿Cuáles son tus proyectos de futuro?
Cantar, cantar y cantar, y a ver si hay suerte y este año puedo grabar mi disco, que tantas ganas tengo.Fuente: www.revistalaflamenca.com
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